La palabra “argumento” viene del latín argumentum, compuesto del verbo arguere (argüir, dejar en claro) y el sufijo -mentum (-mento = instrumento, medio o resultado, como en monumento, instrumento y sacramento). Este verbo se relaciona con la raíz indoeuropea *arg- (brillar). Esta raíz está presente en argentum (plata, por su brillo) y de ahí Argentina y argentífero.

Desde el punto de vista del Coaching Ontológico y el Mentoring, la Argumentación está muy relacionada al conjunto de Afirmaciones que forman parte del 3er paso en la fundamentación de Juicios, es por eso que la consideramos tan importante.

En el siguiente artículo te ofreceremos un recorrido acerca de las distintas formas de argumentación planteadas por la ciencia y la filosofía en las que Aristóteles, Descartes, Kant, Wittgenstein, Searle realizaron aportes significativos.

¿Qué palabras derivan de argumento?

Argumentar – Acción (-ar) de formar argumentos.
ArgumentaciónAcción y efecto (-ción) de argumentar.
Argumentador – El que (-dor) argumenta.
Argumental – Perteneciente (-al) al argumento.
Argumentativo – Propio (-ivo) de los argumentos.
Argumentista – El que se dedica (-ista) a argumentar.

El ser humano se compone de diálogos. Gracias a que creamos un lenguaje hoy nos podemos comunicar. La evolución nos llevó a formular distintas maneras de comunicarnos, a las que ahora llamamos idiomas. A pesar de que es casi imposible saberlo se calcula que en el mundo se hablan de tres mil a cinco mil lenguas, de las cuales solamente 600 cuentan con más de 100 mil hablantes, cifra que se considera mínima para garantizar su supervivencia a medio plazo.

Si bien todos necesitamos comunicarnos, algo que también nos diferencia de otras especies es el diálogo. Al ser humano le gusta intercambiar puntos de vista, opiniones y formular argumentos para dar a conocer una “verdad”.

Encontrando la inconsistencia

Al plantear un argumento, un error muy común es la llamada falla lógica. Muchos de nosotros basamos las pláticas en lo que conocemos o creemos conocer a través de nuestras experiencias personales; por ende, llegamos a conclusiones generales y podemos caer en el engaño de creer que nuestra opinión es la única válida. Cuando hay una falla lógica existe una inconsistencia entre la causa y la consecuencia. Por ejemplo: existen estudios que aseguran que la alcachofa ayuda a bajar de peso, pero quizá yo la he probado y no me ha ayudado; por ende, asevero y concluyo que esto no es cierto y trato de convencer con ese argumento a otras personas.

Encontrando el contraargumento

Vivimos en un mundo dual y todo lo que sube tiene que bajar. En un argumento también debe haber siempre una contraproposición y para cada idea debe haber otra que la refute. Si existe la afirmación puede haber una negación también. Por ejemplo: el calentamiento global. De acuerdo con la BBC, en este tema hay un argumento y un contraargumento. El argumento es que “las mediciones muestran que ha habido un calentamiento en la superficie de la Tierra, pero hay muchos errores en cuanto a los valores”. El contraargumento asegura que “el calentamiento es inequívoco. Las mediciones oceánicas, la reducción de los glaciares y del hielo ártico, el cambio en el patrón de las estaciones y las diferentes mediciones muestran resultados consistentes con los provistos por las estaciones meteorológicas superficiales”.

Encuentra un contexto más amplio

Esta es una de las fallas más comunes. Hay veces en las que no tenemos el conocimiento necesario para considerar algún asunto en su totalidad. Quizá no siempre podemos señalar todos los factores que tiene una situación, por lo que Sontag considera que siempre debemos intentar ver un panorama más amplio para poder entender mejor el problema. Ejemplo: política y guerra. En estos temas complejos quizás es más fácil que olvidemos ver todos los detalles.

La maravilla de los argumentos y de las discusiones no siempre es tener la razón sino, en mi opinión, es enriquecernos con el conocimiento ajeno. Si nos empeñamos en querer imponer nuestra mente tal vez nos perdamos de muchas otras vertientes.

Según José Ferrater Mora, dicho término refiere: el que tiene como razonamiento mediante el cual se intenta probar o refutar una tesis, convenciendo a alguien de la verdad o falsedad de la misma. Se emplea también a este respecto el vocablo ‘argumentación’. La diferencia a veces establecida entre el argumento y la argumentación que esta última es la acción en la cual se emplea un argumento es para nuestro caso poco pertinente.

Los antiguos sofistas, Platón, Aristóteles, escépticos

Ellos habían prestado considerable atención a la cuestión de la naturaleza de los argumentos y de su validez o falta de validez. Algunos de los argumentos estudiados eran de carácter lógico-formal, pero muchos no encajaban plenamente dentro de la lógica. Esto fue reconocido por Aristóteles; mientras en los Analíticos trató primariamente de argumentos de tipo estrictamente lógico, en los Tópicos y en la Retórica trató de los argumentos llamados “dialécticos” o argumentos meramente probables, o razonamientos a partir de opiniones generalmente aceptadas. Muchos autores modernos han aceptado esta división u otra similar.

La propuesta de Kant

Kant ha distinguido entre el fundamento de la prueba (Reweisgrund) y la demostración (Demonstration). El fundamento de la prueba es riguroso, mientras la demostración no lo es. Puede distinguirse asimismo entre prueba o demostración en cuanto son lógicamente rigurosos y argumento que no lo es, o no requiere serlo. A la vez, cuando se habla de argumento, se puede considerar: (1) como lo que Aristóteles llamaba “pruebas dialécticas” por medio de las cuales se intenta refutar a un adversario o convencerlo de la verdad de la opinión mantenida por el argumentador y (2) como razonamiento o pseudo-razonamiento encaminado ante todo al convencimiento o la persuasión. Los límites entre estas dos formas de argumento son imprecisos, pero puede considerarse que la persuasión es demostrativamente más “débil” que el convencimiento.

En la mayor parte de los estudios de los argumentos a diferencia de las pruebas estrictas se ha subrayado la importancia que tiene el que se consiga asentimiento a lo argumentado. Santo Tomás expresa este rasgo definiendo el argumento como sigue: “dicitur, quod arguit mentem ad assentiendum alicui” (Quaestiones disputatae de veritate, q. XIV a. 2 ob. 14). La persona —el aliquis— ante quien se desarrolla el argumento, el lector y especialmente el oyente u oyentes deben tenerse en cuenta, así como las diversas circunstancias que rodean la argumentción.

En el artículo sobre Retórica se había referido a las vicisitudes que ha experimentado esta noción en el curso de los siglos. Se Recuerda aquí que durante algún tiempo en el inmediato pasado se solía desdeñar todo argumento “meramente retórico”, pero que en los últimos años se ha manifestado de nuevo cierto interés por los problemas de la retórica y, de consiguiente, de los argumentos no estrictamente rigurosos. Entre otros ejemplos de tal interés mencionamos las obras de Ch. Perelman y L. OlbrechtsTyteca, y S. Toulmin, así como el libro de Henry W. Johnstone, Jr. relativos a la argumentación en filosofía. Ello no ha sucedido sin protestas (Cfr., por ejemplo, Raziel Abelson, “In Défense of Formal Logic”, Philosophy and Phenomenological Research, XXI [1960-1961], 334-45; Héctor Neri Castañeda, “On a Proposed Révolution in Logic”, Philosophy of Science, XXVII [1960], 279-92 [ambos relativos a la obra de Stephen Toulmin]). Se ha indicado que el hecho de subrayar que la “lógica” tiene un aspecto práctico, no debe conducir a descuidar su predominante aspecto teórico (Abelson, Cfr. supra, pág. 338) o que es mejor atenerse a la norma de que “se critica un argumento porque no es formalmente válido o bien porque tiene cuando menos una premisa falsa” (Neri Castañeda, Cfr. supra, pág. 292).


En no pocas ocasiones es difícil distinguir entre prueba estricta o demostración y argumento en el sentido aquí tratado. Con frecuencia se usan indistintamente los mismos términos. Se dice, por ejemplo, “argumento ontológico” y “prueba ontológica” (nosotros preferimos esta última expresión). También es difícil distinguir entre argumento y sofisma, puesto que algunos de los argumentos empleados habitualmente son de carácter claramente sofístico. Así ocurre, por ejemplo, con el llamado argumentum ad hominem: algunos estiman que es un sofisma; otros, que es un argumento perfectamente lícito. En el artículo SOFISMA hemos dado una lista de los llamados “argumentos aparentes” más conocidos. Sería largo dar una lista razonablemente completa de los que podrían calificarse de tipos de “argumentos lícitos” de carácter más o menos “retórico”; nos limitaremos a mencionar algunos de los registrados por Ch. Perelman y L, Olbrechts-Tyteca en su Traité de l’argumentation.

Argumento mediante analogía (no un concepto riguroso de analogía, sino un concepto laxo, como el ejemplificado en Joseph Butler. Argumento basado en la “autofagia” consistente en indicar que lo que se dice acerca de una doctrina no se aplica a la doctrina como uno de los argumentos dirigidos contra la noción positivista de verificación. Argumento de autoridad especialmente efectivo cuando la autoridad invocada mantiene en otros respectos opiniones opuestas a las del argumentador. Argumento fundado en un caso particular (que se supone típico, aunque a veces no lo sea, o sea difícil determinar si lo es). — Argumento ad hominem, también llamado ex concessis (que se refiere a la opinión mantenida por el interlocutor, a diferencia del argumento ad rem, que se refiere al asunto mismo), una forma del cual es el argumento ad humanitatem (cuando la opinión a la cual se refiere se supone ser la de la humanidad entera); ambos tienen en común el poner en tela de juicio los intereses de la persona o personas consideradas. Argumento por consecuencias (cuando se derivan consecuencias que se suponen inadmisibles, particularmente en la esfera moral, pues de lo contrario tenemos el tipo lógico-formal de la reductio ad absurdum). Argumento a pari (por el cual se procura aplicar una opinión o disposición a otra especie del mismo género). Argumento a contrario (por el cual se procura no aplicar una opinión o disposición a otra especie del mismo género). Argumento del dilema (véase DILEMA). — Argumento etimológico (en el cual el sentido de un término o expresión supuesto más originario es considerado como el sentido capital o verdadero). Argumento a fortiori (véase AFORTIORI). Argumento por el ridículo (donde se supone que ridiculizar la opinión de un interlocutor constituye un argumento contra ella). Argumento por lo superfetatorio (donde se rechaza una opinión por considerar que las consecuencias implícitas o explícitas de lo afirmado son innecesarias ). Hay muchos otros argumentos del tipo señalado; en el tratado de Perelman y Olbrechts-Tyteca se pueden encontrar no sólo descripciones detalladas de la mayor parte de esta clase de argumentos, sino asimismo ejemplos de ellos y variedades de tales ejemplos.

Como indicamos antes, se ha discutido asimismo la cuestión de la naturaleza de los argumentos filosóficos. Muchas son las tesis propuestas al respecto: los argumentos filosóficos deben ser (o tender a ser) de naturaleza estrictamente lógico-formal; deben ser principalmente (o exclusivamente) “retóricos” en el sentido antes indicado; deben “usar” los procedimientos establecidos por la lógica formal, pero no estar determinados por ellos (salvo en lo que toca a su validez o no validez lógica), sino por consideraciones de tipo “material” o relativas al “contenido” de los problemas tratados. Se ha indicado asimismo que los argumentos filosóficos se basan siempre en ciertos supuestos últimamente indemostrables, de modo que, como indica Henry W. Johnstone, Jr. “Las consideraciones lógicas no ejercen más peso en la crítica o defensa de un sistema ontológico que las consideraciones fundadas en hechos”. Por eso “un argumento filosófico constructivo, cuando es válido, se parece mucho a un argumentum ad hominem válido. La única diferencia importante es que el filósofo que usa un argumento constructivo considera lo que él mismo tiene que admitir, de conformidad con sus propios principios de razonamiento o en consistencia con su propia conducta o actuación más bien que considerar lo que otra persona tiene que admitir” (op. cit., pág. 79). Ch. Perelman y L. Olbrechts-Tyte-ca, Rhétorique et Philosophie, 1952.

Para el Diccionario Akal de la Filosofía un argumento es una  secuencia de enunciados en la que algunos de ellos (las premisas) pretenden dar razones para aceptar otro de ellos, la conclusión. Puesto que hablamos de argumentos deficientes y de argumentos débiles, las premisas de un argumento pueden no apoyar realmente la conclusión, aunque tiene que parecer que sí lo hacen en alguna medida o el término «argumento» estaría mal empleado. La lógica se ocupa principalmente de la cuestión de la validez: si en caso de que las premisas fueran verdaderas, tendríamos alguna razón para aceptar la conclusión. De un argumento válido con premisas verdaderas se dice que es correcto. Un argumento deductivamente válido es aquel en el que si aceptamos las premisas estamos lógicamente obligados a aceptar la conclusión, y si rechazamos la conclusión, lógicamente obligados a rechazar una o más premisas. Alternativamente, en el que las premisas entrañan lógicamente la conclusión.

Un argumento inductivo bueno –hay quienes reservan «válido» para los argumentos deductivos– es aquel en el que si aceptamos las premisas estamos lógicamente obligados a considerar probable la conclusión, y, además, como más probable que lo que lo sería si las premisas fueran falsas. Unos cuantos argumentos tienen sólo una premisa y/o más de una conclusión.

Argumento a Fortiori

Argumento que desde premisas que enuncian que todo lo que posee cierta (s) característica(s) posee otra(s) característica(s) y que algunas cosas poseen la(s) característica(s) relevante(s) en un grado eminente, llega a la conclusión de que a fortiori (tanto más) esas cosas poseen esa(s) otra(s) característica(s). La segunda premisa a menudo está implícita, de manera que los argumentos a fortiori a menudo son entimemas. En el Cratilo de Platón puede encontrarse un ejemplo de argumento a fortiori: debemos gratitud y respeto a nuestros padres, y, así, no deberíamos hacer nada que pueda dañarles. Los atenienses deben una gratitud y respeto aún mayores a las leyes de Atenas y a fortiori no deberían hacer nada que pudiera dañar a esas leyes.

Argumento contra el Lenguaje Privado

argumento concebido para mostrar que no puede haber un lenguaje que sólo pueda hablar una persona, un lenguaje esencialmente privado, que nadie más pueda en principio entender. Además de su interés intrínseco, el argumento contra el lenguaje privado es pertinente para la discusión de las reglas lingüísticas y el significado lingüístico, el conductismo, el solipsismo y el fenomenalismo. El argumento está estrechamente asociado a las Investigaciones filosóficas (1958) de Wittgenstein. La estructura precisa del argumento es objeto de controversia; esta exposición ha de considerarse estándar pero no indiscutible.

El argumento comienza con el supuesto de que una persona asigna signos a sensaciones, asumiendo que éstas son privadas para la persona que las tiene, y pretende mostrar que ese supuesto es insostenible porque no es posible criterio alguno para la aplicación correcta o incorrecta del mismo signo a una nueva aparición de la misma sensación. Así, Wittgenstein supone que se propone llevar un diario sobre la recurrencia de determinada sensación, con la que asocia el signo S y escribe S en un calendario cada día que tiene esa sensación. Wittgenstein considera oscura la asociación del signo y la sensación, sobre la base de que «S «no puede recibir una definición del tipo usual (que haría públicamente accesible su significado), ni siquiera una definición ostensiva. Argumenta además que no argumento contra el lenguaje  privado hay ninguna diferencia entre anotaciones correctas e incorrectas de S en los días subsiguientes. La sensación inicial con la que se asoció el signo S ya no está presente, y por ello no puede comparársela con una sensación posterior supuestamente del mismo tipo. En el mejor de los casos puede afirmar recordar la naturaleza de la sensación inicial y juzgar que es del mismo tipo que la de hoy. Pero como la memoria no puede confirmar su propia exactitud, no es posible ningún test para determinar si hoy recuerda correctamente la asociación inicial de signo y sensación. Por consiguiente, no hay ningún criterio para la correcta aplicación del signo S. Así, no podemos dar sentido a la noción de volver a aplicar correctamente S ni a la noción de lenguaje privado.

El argumento descrito parece cuestionar únicamente la afirmación de que podría disponerse de términos para ocurrencias mentales privadas, y puede dar la impresión de que no impugna una noción más amplia de lenguaje privado cuyas expresiones no se limiten a signos para sensaciones. Los defensores del argumento de Wittgenstein lo generalizarían, afirmando que al centrarse en las sensaciones no está sino destacando la ausencia de una distinción entre reaplicaciones correctas e incorrectas de las palabras. Un lenguaje con términos para objetos públicamente accesibles, si fuera privado para su usuario, seguiría careciendo de criterios de aplicación correcta de sus términos. Esta noción más amplia de lenguaje privado resultaría por ello igualmente incoherente.

Argumento de la Apuesta Holandesa

Argumento según el cual los grados de opinión de un sujeto racional han de conformarse a los axiomas del cálculo de probabilidades, ya que, de otro modo, por el teorema de la apuesta holandesa, aquél resultaría vulnerable a una apuesta holandesa.

Argumento de la Pendiente Resbaladiza

Argumento por el que una acción aparentemente irreprochable por sí misma desencadena una secuencia de eventos que lleva al final a un resultado no deseable. La metáfora nos presenta a alguien en el extremo de una pendiente resbaladiza, cuyo primer paso hará inevitablemente que resbale hasta el suelo. Por ejemplo, a veces se argumenta que la eutanasia voluntaria no ha de ser legalizada porque eso llevaría a matar a personas no queridas, por ejemplo, los disminuidos físicos o los ancianos, en contra de su voluntad. Algunas versiones del argumento intentan mostrar que tendríamos que intervenir para detener una secuencia de eventos en curso; se ha alegado, por ejemplo, que suprimir una revolución comunista en un país era necesario para prevenir la propagación del comunismo a toda una región por el efecto conocido como efecto dominó. Los argumentos de la pendiente resbaladiza con asunciones causales dudosas se clasifican frecuentemente como falacias, bajo el encabezamiento de «falacia de la causa falsa». El argumento recibe a veces el nombre de argumento de la cucaña. Hay discrepancias acerca de la amplitud de la categoría de argumentos de la pendiente resbaladiza. Hay quienes restringirían el término a argumentos con conclusiones evaluativas y quienes le darían mayor amplitud incluyendo otros argumentos sorites.

Argumento del Caso Paradigmático

Argumento concebido para dar una respuesta afirmativa al siguiente tipo general de preguntas escépticamente motivadas: ¿Son los A realmente B? Por ejemplo ¿existen realmente los objetos materiales?, ¿son algunas de nuestras acciones realmente libres?, ¿proporciona la inducción una base razonable para nuestras creencias? La estructura del argumento es sencilla: en situaciones «típicas», «ejemplares» o «paradigmáticas», cuyos criterios vienen dados por el sentido común o el lenguaje ordinario, una parte de lo que es ser B comporta esencialmente A. Por consiguiente, es absurdo dudar de si los A son realmente B, o dudar de si en general los A son B. La mayoría de las veces el argumento se encuentra en su versión lingüística: en parte lo que significa que algo es B es que, en casos paradigmáticos, es un A.

Por tanto, la pregunta de si los A son B carece de significado. Puede encontrarse un ejemplo en la aplicación del argumento al problema de la inducción (cfr. STRAWSON, Introduction to Logical Theory, 1952). Cuando uno cree en una generalización de la forma «Todos los F son G» a partir de una buena evidencia inductiva – es decir, una evidencia formada por innumerables y variadas instancias de F que son G–, se tienen por ello buenas razones en favor de esa creencia. El argumento en favor de esta afirmación se basa en el contenido de los conceptos de razonabilidad y fuerza de la evidencia.
Según Strawson, las dos proposiciones que vienen a continuación son analíticas:

1. Es razonable tener un grado de creencia en una proposición proporcional a la fuerza de las pruebas en su favor.

2. La fuerza de las pruebas en favor de una generalización aumenta en proporción al número de instancias y la variedad de las circunstancias en las que se han encontrado.
Por consiguiente, concluye Strawson, «preguntar si es razonable fiarse de procedimientos inductivos es como preguntarse si es razonable vincular el grado de convicción a la fuerza de las pruebas. Hacerlo es lo que significa “ser razonable”.

En tales argumentos el papel desempeñado por la apelación a casos paradigmáticos es crucial. En la versión de Strawson, los casos paradigmáticos están constituidos por «innumerables y variadas instancias». Sin esa apelación el argumento fallaría por completo, porque está claro que no todos los usos de la inducción son razonables. Incluso cuando esa apelación está clara, el argumento sigue siendo cuestionable, puesto que no encara adecuadamente la fuerza de la palabra «realmente» en el desafío escéptico.

El Argumento del Juicio Final

Asociado principalmente a Brandon Carter y al filósofo John Leslie que intentan mostrar, apelando al teorema de Bayes (y a la regla de Bayes), que cualquiera que sea la probabilidad inicial que podamos haber asignado a la hipótesis según la cual la vida humana alcanzará su fin relativamente pronto, se ve magnificada, tal vez en gran medida, por nuestro conocimiento (o noticia) de que estamos entre los primeros pocos miles de millones de seres humanos que han existido. [Véase la obra de Leslie que lleva por título The End of the World: The Science and Ethics of Human Extinction (1996).]

El argumento se basa en una pretendida analogía entre la cuestión de la probabilidad de una inminente extinción de la especie humana, dados nuestra ubicación en el devenir temporal de la humanidad y el hecho de que el nombre del lector pueda encontrarse entre los primeros que han sido extraídos al azar de una urna. Esta circunstancia puede hacer que el lector piense que la urna contiene más bien pocos nombres que una cantidad muy grande de ellos.

El Argumento de Regreso al Infinito

Un tipo de argumento característico de la filosofía en el que se intenta establecer el carácter deficiente de una tesis mostrando cómo genera una serie infinita cuando, o bien (forma A) no existe dicha serie, o bien (forma B) al existir hace que la tesis no cumpla el papel (por ejemplo, el de servir como justificación) que se supone desempeña.

La mera generación de una serie infinita no es en sí misma objetable. Es confundente, por tanto, usar la noción de «regreso al infinito» (o «regreso») y «serie infinita» como si fueran equivalentes. Por ejemplo, cualquiera de las siguientes afirmaciones generarán una serie infinita:

1) todo número natural tiene un sucesor que es él mismo un número
natural, y

2) todo fenómeno tiene una causa que es ella misma un fenómeno. La afirmación 1 es verdadera (de forma necesaria, además), mientras que la 2 puede serlo al menos teniendo en cuenta todo lo
que la lógica puede decir al respecto. De igual modo, no hay nada contrario a la lógica en cualquiera de las series infinitas generadas por el supuesto de que:

3) todo acto libre es la consecuencia de un acto libre de elección;

4) toda operación inteligente es el resultado de una operación mental inteligente;

5) siempre que dos individuos x e y comparten una propiedad F existe un tercer individuo z que posee F de forma paradigmática y con el cual se relacionan x e y de algún modo (como copias, por participación o de cualquier otro modo); o

6) toda generalización de la experiencia se puede inferir de forma inductiva a partir de la experiencia apelando a alguna otra generalización de la experiencia. Lo que Locke (en el Ensayo sobre el conocimiento humano) objeta a la teoría del libre albedrío que se expresa en la afirmación 2 y Ryle indica (en The Concept of Mind) acerca de la «leyenda intelectualista» encarnada en la afirmación 4 sólo puede ser en consecuencia que es de hecho falso que realicemos un número infinito de operaciones como las que ahí se precisan. De hecho, sus argumentos por regreso al infinito son de la forma A: sostienen que las teorías en cuestión deben ser rechazadas porque implican que tales  series infinitas existen.

Se puede constatar que el argumento por regreso al infinito empleado por Platón (en el Parménides) en relación a su propia teoría de las Formas y por Popper (en La lógica del descubrimiento científico) acerca del principio de inducción propuesto por Mill, se representan mejor teniendo la forma B.

Sus objeciones se asimilan menos a las afirmaciones 5 o 6) que a sus versiones epistémicas: 5*) podemos entender cómo x e y comparten una propiedad F sólo si entendemos que hay un tercer individuo (la «Forma» z) que posee la propiedad F de forma paradigmática y que está relacionado con x e y de una manera u otra; y 6*) en la medida en que el principio de inducción ha de ser él mismo una generalización a partir de la experiencia, tenemos una justificación para aceptarlo sólo si se puede inferir a partir de la experiencia apelando a un principio inductivo de orden superior justificado.

Sostienen esto porque las series generadas por las afirmaciones 5 y 6 son infinitas, mientras que el matiz introducido por la 5*) y la 6*) eluden el problema.

Cuando resultan tener éxito, los argumentos por regreso al infinito muestran que ciertos tipos de explicación, comprensión o justificación son poco más que quimeras. Como Passmore ha indicado (en Philosophical Reasoning) hay un importante sentido de «explicación» de acuerdo con el que es imposible explicar la predicación. No podemos explicar el hecho de que x e y posean una propiedad común F diciendo que resultan ser nombrados por el mismo nombre (nominalismo) o que caen bajo el  mismo concepto (conceptualismo). Al menos, nomás que lo que somos capaces al decir que están relacionados con la misma forma (realismo platonismo), ya que cada uno de éstos es en sí mismo una propiedad que x e y se supone que comparten.

Del mismo modo, no tiene sentido intentar explicar por qué algo existe en absoluto apelando a la existencia de alguna otra cosa (como sucede con el Dios de los teístas). Las verdades generales acerca de la existencia de las cosas y en torno al hecho de que hay cosas que pueden compartir propiedades son «hechos brutos» acerca de cómo es el mundo.

Algunas objeciones por regreso al infinito fallan debido a que se dirigen a las «personas equivocadas». El argumento por regreso de F. H. Bradley contra la «ordenación de los hechos dados en relaciones y cualidades» típica del pluralismo, y a partir de la cual concluye que el monismo es cierto es un ejemplo de ello. Sostiene correctamente que si se postula la existencia de dos o más cosas, entonces debe haber relaciones de un tipo u otro entre ellas, y entonces (dado su supuesto inicial según el cual esas relaciones son ellas mismas cosas) concluye que tiene que haber relaciones ulteriores entre estas relaciones, y así al infinito. El regreso de Bradley fracasa debido a que el pluralista rechazaría sus supuestos previos.

En otras ocasiones, un argumento por regreso fracasa porque da por sentado que cualquier serie infinita es viciosa. La objeción de Tomás de Aquino al recurso a una serie infinita de causas del movimiento y a partir de la cual concluye que debe haber un primer motor involucra esta especie de confusión.

El Argumento Trascendental

argumento que elucida las condiciones de posibilidad de algún fenómeno fundamental cuya existencia es incontrovertible en el contexto filosófico en el que se propone el argumento. Tales argumentos proceden deductivamente, desde una premisa que afirma la existencia de algún fenómeno básico (como el discurso significativo, la conceptualización de estados objetivos de cosas o la práctica de prometer) hasta una conclusión que afirma la existencia de algunas condiciones posibilitantes interesantes o sustantivas de ese fenómeno. El término procede de la Crítica de la razón pura de Kant, quien presenta varios argumentos de este tipo.

El argumento transcendental kantiano paradigmático es la «deducción transcendental de los conceptos puros del entendimiento». Kant argumenta que la validez objetiva de determinados conceptos puros, a priori (las «categorías»), es una condición de la posibilidad de la experiencia. Entre los conceptos pretendidamente necesarios para que haya experiencia están los de substancia y causa. Son a priori porque todas las instancias de esos conceptos no están dadas directamente en la experiencia sensorial a la manera de las instancias de conceptos empíricos como rojo. Ese hecho suscitó el escepticismo de Hume con respecto a la coherencia misma de esos pretendidos conceptos a priori. Ahora bien, si esos conceptos han de tener una validez objetiva, como quería mostrar Kant contra Hume, entonces el mundo contiene instancias genuinas de esos conceptos. En un argumento transcendental acerca de las condiciones de posibilidad de la experiencia es crucial identificar alguna característica implicada por el hecho de tener una experiencia. Se argumenta entonces que esa experiencia no podría tener esa característica sin satisfacer alguna condición sustantiva. En la deducción transcendental, la característica de la experiencia en la que se centra Kant es la capacidad del sujeto de experimentar la conciencia de varios estados internos distintos como algo perteneciente a una única conciencia.

No hay un acuerdo general acerca del modo en el que realmente funciona el argumento kantiano, aunque parece claro que se centró en el papel de las categorías en la síntesis o combinación de los propios estados internos en los juicios, al decir que esa síntesis es necesaria para la conciencia de uno mismo de esos estados como siendo completamente igual a los estados de uno mismo.

Otro famoso argumento transcendental kantiano

La «refutación del idealismo» de la Crítica de la razón pura– comparte un rasgo notable con la deducción transcendental. La refutación procede de la premisa de que cada uno es consciente de la propia existencia como determinada en el tiempo, es decir, conoce el orden temporal de algunos de sus estados internos. Según la refutación, una condición para la posibilidad de ese conocimiento es la propia conciencia de la existencia de objetos situados fuera de uno mismo en el espacio. Si realmente así es nuestra conciencia, quedaría refutada la tesis escéptica, formulada por Descartes, de que no tenemos conocimiento de la existencia de un mundo espacial distinto de la propia mente y sus estados internos.

Los dos argumentos transcendentales kantianos que hemos considerado, por tanto, concluyen que la falsedad de alguna tesis escéptica es una condición de la posibilidad de algún fenómeno cuya existencia reconoce incluso el escéptico (tener una experiencia, el conocimiento de  hechos temporales sobre los propios estados internos). Podemos aislar así una clase interesante de argumentos transcendentales: los de naturaleza antiescéptica. Barry Stroud ha planteado la cuestión de si esos argumentos dependen de algún tipo de verificacionismo elícito según el cual la existencia de un lenguaje o una conceptualización requiere la posesión del conocimiento que el escéptico cuestiona (puesto que el verificacionismo mantiene que las oraciones significativas que expresan conceptos coherentes, como «Hay mesas», han de ser verificables por lo dado en la experiencia sensorial).

La dependencia de una premisa muy controvertida es por sí misma poco deseable. Además, Stroud alega que esa dependencia haría superfluo cualquier otro contenido que el argumento transcendental antiescéptico pudiera tener (puesto que la premisa elícita refutaría por sí misma al escéptico). Se debate si las dudas de Stroud sobre los argumentos transcendentales están fundadas.

No es obvio si las dudas se aplican a aquellos argumentos que no proceden a partir de una premisa que afirma la existencia de un lenguaje o una conceptualización, sino que se ajustan más al modelo kantiano. Aun así, ningún argumento transcendental antiescéptico ha gozado del  favor general. Se debe evidentemente a la dificultad de descubrir condiciones de posibilidad sustantivas de fenómenos que incluso un escéptico aceptaría.

Compilado por Fabián Sorrentino, con aportes de Abasuly Reyes – viernes, 24 de junio de 2011, 14:28

— Íd., íd., Traité de l’argumentation. La nouvelle rhétorique, 2 vols., 1958 (trad. esp. de la “Introducción” en: Retórica y Lógica, 1959 [Suplementos del Seminario de Problemas Científi cos y Filosóficos. Univ. de México, N° 20, Segunda Serie).
— Stephen E. Toulmin, The Uses of Argument, 1958.
— Henry W. Johnstone, Jr., Philosophy and Argument, 1959.
Argumento en Cicerón: Alain Michel, Rhétorique et philosophie chez Cice rón. Essai sur les fondements philoso phiques de fart de persuader, 1961.
John Passmore, Philosophical Reasoning, 1961.
— Ch. Perelman, I. Belaval, H. W. Johnstone et al., artícu los sobre “L’Argumentation” en Re vue Internationale de Philosophie, año XV, Ν° 58 (1961), 327-432.
— Véase también bibliografía de RETÓRICA.