De la Argentina que construyeron nuestros abuelos a la que tendrán que aprender a construir quienes nacieron en el siglo XXI

Una lectura de la Generación Alfa desde la historia argentina, la memoria intergeneracional y los desafíos de la educación transformativa.

Introducción. Una generación no nace de cero

Los argentos que nacieron a partir de 2010 llegaron a un país que ya había atravesado casi dos siglos de historia independiente, guerras civiles, inmigraciones masivas, industrialización, golpes de Estado, proscripciones políticas, dictaduras, recuperaciones democráticas, crisis económicas y profundas transformaciones culturales.

Cuando comenzaron a nacer, Argentina llevaba más de un cuarto de siglo de democracia ininterrumpida. Internet ya formaba parte de la vida cotidiana de muchas familias, los teléfonos inteligentes empezaban a transformar las comunicaciones y las redes sociales modificaban las maneras de informarse, relacionarse y participar en la vida pública.

En 2020, cuando los integrantes más antiguos de esta cohorte rondaban los diez años, la pandemia de COVID-19 interrumpió la escolaridad presencial, modificó las rutinas familiares y trasladó buena parte de la enseñanza a las pantallas. En diciembre de 2023, la Argentina volvió a experimentar una alternancia política de gran alcance, en un contexto de inflación elevada, deterioro de ingresos y discusión sobre el papel del Estado. En 2024 y 2025, mientras los primeros integrantes de la Generación Alfa avanzaban hacia la adolescencia, la inteligencia artificial generativa comenzó a incorporarse con mayor visibilidad a las actividades educativas, laborales y creativas.

Estos acontecimientos no determinan automáticamente quiénes serán los integrantes de esta generación. Sí delimitan una parte del escenario histórico en el que están creciendo.

La pregunta que nos interesa no es solamente qué dispositivos utilizan, cómo se entretienen o qué profesiones elegirán. Es más profunda:

¿Qué Argentina están heredando y qué posibilidades tendrán de transformarla?

Para responderla necesitamos hacer algo que a menudo olvidamos: mirar hacia atrás sin convertir el pasado en una postal nostálgica, y mirar hacia adelante sin confundir nuestras expectativas con hechos consumados.

La Generación Alfa puede ser una oportunidad para reconstruir la conversación entre generaciones. Sus integrantes no tienen que empezar la historia argentina desde cero. Necesitan comprenderla, reconocer sus contradicciones y descubrir qué responsabilidad les corresponde dentro de una sociedad que ya existía antes de su nacimiento.


1. ¿Qué significa hablar de Gen Alfa?

El término Generación Alfa se popularizó para identificar a la mayor cohorte en cantidad de personas en el mundo que sucede a la Generación Z.

El investigador australiano Mark McCrindle contribuyó a difundir esta denominación y suele asociársela con los nacidos aproximadamente entre 2010 y 2024 o 2025, aunque no existe una frontera universalmente aceptada.

Esta precisión importa. Las generaciones no son especies humanas diferentes, ni categorías biológicas que produzcan automáticamente determinados comportamientos. Son instrumentos para estudiar cómo las personas nacidas en períodos cercanos pueden compartir acontecimientos, instituciones, tecnologías y experiencias históricas.

En Argentina, además, las condiciones de crecimiento son extraordinariamente diversas.

Un niño nacido en 2012 en un hogar de clase media del Área Metropolitana de Buenos Aires puede haber tenido acceso temprano a dispositivos digitales, conectividad estable, actividades extracurriculares y educación privada. Otro nacido el mismo año en una zona rural, una comunidad indígena o un hogar afectado por la pobreza puede haber experimentado dificultades de conectividad, infraestructura escolar, transporte, alimentación o acceso a servicios básicos.

Ambos pertenecen convencionalmente a la misma cohorte. Sin embargo, no necesariamente han recibido las mismas oportunidades ni desarrollado las mismas experiencias.

Por eso, hablar de Generación Alfa en Argentina exige distinguir tres dimensiones:

  1. La cohorte demográfica: las personas nacidas aproximadamente durante el mismo período.
  2. El contexto histórico compartido: los acontecimientos políticos, económicos, tecnológicos y culturales que marcaron su infancia.
  3. Las trayectorias particulares: las diferencias derivadas de la región, la familia, la educación, los ingresos, la discapacidad, la conectividad y las oportunidades disponibles.

Esta distinción permite evitar un error frecuente: atribuir a toda una generación características que, en realidad, pueden corresponder solamente a determinados grupos sociales.

Que muchos niños hayan crecido rodeados de pantallas no significa que todos sean expertos en tecnología. Tener acceso a información no equivale a saber verificarla. Poder comunicarse instantáneamente no garantiza que se hayan desarrollado capacidades de escucha, diálogo o convivencia.

La historia argentina nos ofrece una advertencia adicional: las generaciones no pueden comprenderse únicamente por sus edades. También deben comprenderse por las condiciones materiales, las instituciones y los acontecimientos que atraviesan.

2. Antes de Alfa: el país que construyeron las generaciones anteriores

Para comprender a los argentinos nacidos después de 2010, conviene reconstruir el escenario histórico que recibieron de sus antecesores.

No se trata de establecer una línea de descendencia rígida en la que cada generación hereda un conjunto fijo de valores. Se trata de identificar procesos históricos que transformaron las condiciones de vida del país.

2.1. La Argentina inmigratoria: familias que llegaron para construir una vida

Entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, Argentina recibió una inmigración internacional de enorme magnitud. Italianos y españoles constituyeron los grupos más numerosos, junto con personas procedentes de Europa oriental, el Imperio otomano y otras regiones.

La inmigración coincidió con la expansión agroexportadora, el crecimiento de los ferrocarriles, la urbanización, el desarrollo de los puertos y la consolidación de Buenos Aires como gran centro económico y cultural.

Muchos inmigrantes llegaron buscando trabajo, seguridad y posibilidades de ascenso social. Se instalaron en conventillos, fundaron comercios, trabajaron en talleres, participaron de sindicatos, crearon asociaciones de ayuda mutua y contribuyeron a transformar el idioma, la alimentación, la música y las costumbres.

El tango, el lunfardo, las sociedades de inmigrantes y la expansión de los barrios urbanos son algunas expresiones de ese proceso, aunque ninguno puede explicarse exclusivamente por una sola procedencia cultural.

La escuela pública también desempeñó un papel decisivo. La Ley 1420, sancionada en 1884 para la Capital Federal y los territorios nacionales, estableció la educación primaria común, gratuita y obligatoria dentro de su ámbito de aplicación. La alfabetización y la expansión educativa contribuyeron a integrar a amplios sectores de la población.

Esta historia dejó una marca que sigue presente: la Argentina se constituyó mediante la convivencia, muchas veces conflictiva, de poblaciones de distintos orígenes.

Pero también es necesario recordar que el territorio estaba habitado por pueblos indígenas antes de la consolidación del Estado nacional. La expansión territorial estatal implicó campañas militares, desplazamientos, despojo de tierras y graves consecuencias para numerosas comunidades originarias.

Una historia intergeneracional honesta debe incluir ambas dimensiones: las oportunidades construidas por quienes llegaron y trabajaron, y los conflictos, exclusiones y pérdidas que acompañaron la formación del país.

Los niños de hoy reciben esa herencia cultural, incluso cuando desconocen las historias familiares que la componen.

2.2. La Argentina de la escuela pública, el trabajo y la movilidad social

Durante buena parte del siglo XX, la educación, el empleo formal y las expectativas de movilidad social ocuparon un lugar central en el imaginario argentino.

La escuela representaba, para muchas familias, una posibilidad concreta de acceder a mejores condiciones de vida. El oficio aprendido, el título secundario, la formación universitaria y el trabajo estable podían constituir caminos para que los hijos alcanzaran oportunidades diferentes de las que habían tenido sus padres.

La Reforma Universitaria de 1918, iniciada en Córdoba, cuestionó estructuras académicas tradicionales y promovió principios como la autonomía universitaria, el cogobierno y la participación estudiantil. Su influencia se extendió por América Latina.

Décadas después, la gratuidad de los estudios universitarios estatales para los estudiantes argentinos quedó establecida en el marco normativo nacional a partir de las medidas de 1949, durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón. La expansión del acceso universitario tuvo antecedentes y desarrollos posteriores, y su alcance real dependió de múltiples condiciones sociales y educativas.

Al mismo tiempo, la industrialización amplió el peso del trabajo fabril y de los sectores urbanos. Los sindicatos, las organizaciones empresariales, los movimientos políticos y las instituciones estatales disputaron el significado de los derechos laborales y de la distribución de la riqueza.

No todos participaron por igual de ese proceso. Las mujeres, los trabajadores rurales, las comunidades indígenas y otros sectores enfrentaron obstáculos específicos. La movilidad social tampoco fue constante ni estuvo garantizada para todas las familias.

Sin embargo, durante generaciones permaneció una expectativa: estudiar, trabajar y progresar era una posibilidad razonable.

La Generación Alfa recibe una versión diferente de aquella promesa. En muchos hogares todavía se considera que la educación es el principal camino para mejorar la vida. Pero también existen familias que observan cómo los títulos pierden capacidad de garantizar empleo estable, cómo los ingresos se deterioran y cómo el esfuerzo individual no siempre alcanza para superar las restricciones estructurales.

La pregunta educativa, entonces, cambia de escala.

Ya no alcanza con preguntar qué conocimientos necesita un niño para conseguir trabajo. También necesitamos preguntarnos qué capacidades le permitirán comprender el mundo, participar en él, adaptarse a sus transformaciones y contribuir a mejorarlo.

2.3. Democracia, dictadura y memoria: una herencia que no debe perderse

La infancia de la Generación Alfa transcurre en una Argentina democrática, pero la democracia que conoce es resultado de una historia conflictiva.

El golpe de Estado de 1930 inauguró una larga etapa de intervenciones militares en la política nacional. A lo largo del siglo XX hubo otros golpes, proscripciones, persecuciones y rupturas institucionales.

La última dictadura militar, iniciada el 24 de marzo de 1976, desarrolló un sistema de terrorismo de Estado que incluyó desapariciones forzadas, torturas, asesinatos, apropiación de niños y otras graves violaciones de los derechos humanos.

La recuperación democrática de diciembre de 1983, con la asunción presidencial de Raúl Alfonsín, abrió una etapa decisiva. El Juicio a las Juntas de 1985, la labor de los organismos de derechos humanos y la construcción de políticas de memoria, verdad y justicia se convirtieron en referencias fundamentales de la vida institucional argentina.

Para los niños nacidos después de 2010, estos acontecimientos pertenecen al pasado histórico. No son recuerdos personales de su infancia. Llegan a ellos mediante sus familias, la escuela, los medios, los museos, las conmemoraciones y los testimonios de quienes los vivieron.

Esta distancia temporal presenta un desafío pedagógico.

¿Cómo transmitir la importancia de la democracia a quienes no conocieron una dictadura? ¿Cómo explicar el valor de los derechos humanos sin convertir la memoria en una repetición ceremonial? ¿Cómo ayudar a distinguir una discusión política legítima de la persecución de quien piensa diferente?

La respuesta no consiste en pedirles que adopten automáticamente las opiniones de los adultos. Consiste en ofrecerles hechos documentados, testimonios, herramientas para contrastar fuentes y oportunidades para comprender las consecuencias humanas de la violencia política.

La memoria histórica no debería funcionar como una obligación de repetir. Debería ayudar a reconocer qué instituciones, derechos y prácticas necesitamos proteger para no repetir los errores del pasado.


 

3. El país que encontró la Generación Alfa al nacer

Los niños nacidos aproximadamente entre 2010 y 2025 llegaron a una Argentina atravesada por procesos que venían desarrollándose desde décadas anteriores.

La democracia estaba consolidada como régimen político, pero persistían dificultades económicas y sociales. La telefonía móvil, internet y las redes sociales alteraban las comunicaciones. Las familias convivían con nuevas formas de trabajo, consumo y entretenimiento.

La experiencia argentina de esta generación no puede separarse de cuatro transformaciones históricas.

3.1. La inestabilidad económica como parte del entorno familiar

La crisis de 2001-2002 constituye un antecedente fundamental para comprender el país que recibieron las familias de la Generación Alfa, aunque la mayoría de sus integrantes todavía no había nacido.

En diciembre de 2001, la crisis económica, social y política provocó una grave ruptura institucional, protestas masivas, represión, renuncias presidenciales y una profunda pérdida de confianza en las instituciones financieras y políticas.

La salida de la convertibilidad, la devaluación y la posterior recuperación económica modificaron las condiciones de vida de millones de personas.

Durante las décadas siguientes, Argentina atravesó períodos de crecimiento, inflación elevada, endeudamiento, restricciones económicas, deterioro de ingresos y sucesivas políticas de estabilización. Las consecuencias no fueron idénticas para todos los sectores ni para todas las regiones.

Para un niño, estos procesos suelen hacerse visibles en hechos cotidianos: la dificultad de una familia para comprar determinados alimentos, los cambios de escuela, la necesidad de que sus padres trabajen más horas, la incertidumbre sobre una vivienda o la postergación de actividades recreativas.

No necesariamente comprende el funcionamiento de la política monetaria, el sistema tributario o la deuda pública. Pero experimenta algunas de sus consecuencias.

Esta es una de las razones por las que la educación económica debería comenzar con situaciones concretas y no exclusivamente con definiciones abstractas.

Comprender cómo se organiza una economía ayuda a distinguir entre decisiones personales, condiciones estructurales y responsabilidades institucionales. También permite evitar dos simplificaciones: creer que todo depende del esfuerzo individual o suponer que ninguna decisión personal puede modificar las circunstancias.

3.2. Internet y las nuevas formas de construir realidad

La expansión de internet modificó las formas de acceder al conocimiento y participar en la cultura.

Durante la infancia de la Generación Alfa, muchas actividades que antes requerían espacios físicos específicos comenzaron a desarrollarse mediante plataformas digitales: estudiar, jugar, escuchar música, mirar películas, conversar y compartir producciones propias.

Argentina ya tenía una larga historia de innovación y apropiación tecnológica. La radio había transformado la comunicación durante el siglo XX; la televisión amplió la circulación de imágenes y acontecimientos; las computadoras personales y los videojuegos introdujeron nuevas formas de interacción; internet y los teléfonos inteligentes multiplicaron las posibilidades de conexión.

Cada innovación modificó prácticas anteriores, pero ninguna eliminó por completo las formas previas de comunicación.

La diferencia actual es la integración de múltiples actividades en un mismo dispositivo y la creciente intervención de sistemas algorítmicos que seleccionan, ordenan y recomiendan contenidos.

Esto abre oportunidades reales: acceder a bibliotecas, cursos, museos, idiomas, comunidades científicas y producciones culturales de distintas partes del mundo.

También introduce dificultades: desinformación, exposición a contenidos inadecuados, publicidad personalizada, circulación de imágenes sin consentimiento y sistemas de recomendación diseñados para captar atención.

Por eso, ser competente digitalmente no equivale a saber utilizar una aplicación. Requiere comprender cómo se produce la información, quién la publica, qué intereses pueden intervenir y cómo verificar su confiabilidad.

La historia argentina aporta una lección relevante: los medios de comunicación nunca fueron simples canales neutrales. La radio, los diarios, la televisión y las redes han participado de la construcción de identidades, debates y conflictos. La alfabetización mediática debe ayudar a reconocer esas influencias sin suponer que todos los mensajes responden a una única intención.

3.3. La pandemia de 2020: una experiencia compartida, pero desigual

La pandemia de COVID-19 constituyó uno de los acontecimientos más importantes de la infancia de esta cohorte.

En marzo de 2020, la emergencia sanitaria y las medidas de aislamiento alteraron la escolaridad presencial, las relaciones familiares y las actividades cotidianas. Las clases a distancia se convirtieron en una alternativa fundamental para sostener la continuidad educativa, aunque su implementación estuvo condicionada por el acceso a dispositivos, conectividad, espacios de estudio y acompañamiento adulto.

Algunos estudiantes pudieron continuar sus actividades con computadoras propias y apoyo familiar. Otros debieron compartir teléfonos, depender de materiales impresos o enfrentar interrupciones prolongadas.

La pandemia mostró que la tecnología puede sostener procesos educativos en circunstancias excepcionales, pero también que no reemplaza automáticamente las condiciones humanas y materiales necesarias para aprender.

Un dispositivo conectado no garantiza una buena experiencia educativa. La presencia de un docente, la interacción con compañeros, la disponibilidad de tiempo y la posibilidad de preguntar siguen siendo componentes importantes.

También fue una experiencia de salud pública, cooperación social y controversia política. La investigación científica permitió desarrollar vacunas en tiempos extraordinarios, mientras las instituciones debían tomar decisiones bajo incertidumbre.

Para quienes eran niños, la pandemia pudo significar aislamiento, cambios de rutina, pérdidas familiares, dificultades escolares o nuevas formas de convivencia. No existe una única experiencia Alfa de la pandemia.

Por eso, al estudiar sus consecuencias, debemos distinguir los efectos documentados de las generalizaciones. No corresponde afirmar que todos los niños se volvieron más ansiosos, más autónomos o menos sociables. Es necesario analizar qué ocurrió, a quiénes afectó y bajo qué condiciones.

3.4. La inteligencia artificial llega a la infancia

La inteligencia artificial no apareció de repente a fines de 2022. Sus antecedentes científicos se remontan a mediados del siglo XX, y diversas aplicaciones de aprendizaje automático ya estaban presentes en buscadores, traductores, sistemas de recomendación y otros servicios digitales.

Lo que cambió recientemente fue la difusión de herramientas generativas capaces de producir textos, imágenes, sonidos, videos y respuestas conversacionales a partir de instrucciones humanas.

Para la Generación Alfa, esto introduce una novedad educativa importante: una herramienta puede ofrecer una respuesta bien redactada sin que eso garantice que sea verdadera, completa o apropiada.

El estudiante necesita aprender a formular preguntas, verificar afirmaciones, identificar errores, comparar fuentes y reconocer cuándo una tarea exige experiencia humana, deliberación ética o conocimiento especializado.

La inteligencia artificial puede asistir en el aprendizaje, pero también puede convertirse en un atajo que oculte la ausencia de comprensión.

La diferencia no reside únicamente en la herramienta utilizada. Depende de cómo se utiliza, con qué propósito y bajo qué criterios de responsabilidad.

Una escuela que prohíbe toda tecnología puede perder oportunidades de aprendizaje. Una escuela que acepta cualquier respuesta automatizada puede renunciar a enseñar a pensar.

El desafío consiste en formar personas capaces de utilizar máquinas sin entregarles el gobierno de su conciencia.

3.5. Una visión comparativa con la Alfa con los EE.UU, Europa y China

La comparación parte de una distinción fundamental: la Generación Alfa no es exactamente la misma experiencia histórica en diferentes territorios, aunque se utilice una etiqueta generacional semejante. Las fronteras generacionales son convencionales y pueden variar entre sociedades; incluso el Pew Research Center advierte sobre el riesgo de convertirlas en estereotipos.

Período de referencia: nacidos aproximadamente entre 2010 y 2024/2025. “Norteamérica” se toma aquí principalmente como Estados Unidos, porque es el país cuya narrativa generacional se exporta con mayor frecuencia. Canadá y México tienen trayectorias diferentes.


4. Una Argentina, muchas infancias

Hablar de la Generación Alfa exige reconocer que la Argentina no ofrece las mismas condiciones de vida a todos sus habitantes.

La experiencia de un niño en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires no es necesariamente comparable con la de otro en el Impenetrable chaqueño, la Puna, la Patagonia rural, el conurbano bonaerense o una localidad agrícola del centro del país.

Las diferencias territoriales incluyen conectividad, transporte, disponibilidad de profesionales, infraestructura escolar, acceso a servicios de salud, oportunidades culturales y posibilidades laborales de las familias.

También existen diferencias dentro de una misma ciudad. La distancia entre barrios puede traducirse en distintas condiciones de seguridad, alimentación, vivienda y acceso a actividades educativas.

Esta diversidad no debe interpretarse como una característica exclusiva de la Generación Alfa. Es una condición histórica de la sociedad argentina que esta cohorte hereda.

El país tiene instituciones nacionales, pero la educación, la salud y las oportunidades cotidianas dependen de una combinación de políticas nacionales, provinciales, municipales, iniciativas comunitarias y recursos familiares.

Por eso, cualquier propuesta educativa dirigida a esta generación necesita evitar un supuesto: que todos los niños parten del mismo lugar y solo deben esforzarse de la misma manera.

La equidad no significa que todos deban recibir exactamente lo mismo. Significa reconocer que algunos necesitan apoyos adicionales para disponer de oportunidades efectivas de aprendizaje, participación y desarrollo.

La conectividad es un ejemplo claro. Una política de educación digital no puede limitarse a distribuir dispositivos si no contempla mantenimiento, formación docente, electricidad, acceso a internet y contenidos adecuados.

Algo semejante ocurre con la alimentación, la salud y el transporte escolar. Las capacidades para aprender no se desarrollan en el vacío.

Una mirada federal de la Generación Alfa debe reconocer las diferencias territoriales y convertirlas en una oportunidad para aprender de las experiencias locales, en lugar de imponer un único modelo cultural.

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5. ¿Qué puede enseñarnos la historia argentina sobre las generaciones?

La historia argentina ofrece múltiples ejemplos de personas que crecieron bajo circunstancias distintas y desarrollaron respuestas diferentes frente a desafíos semejantes.

La Reforma Universitaria de 1918 muestra a estudiantes que cuestionaron las estructuras académicas de su época y promovieron cambios institucionales.

La expansión de la educación técnica y la industrialización del siglo XX muestran cómo las transformaciones económicas modificaron las capacidades requeridas para trabajar.

La recuperación democrática de 1983 evidencia la importancia de reconstruir instituciones después de períodos autoritarios.

La crisis de 2001 demuestra que una ruptura económica puede convertirse también en una crisis de representación, confianza y convivencia.

La expansión de internet durante las últimas décadas muestra cómo una innovación tecnológica modifica la circulación de información, las formas de trabajo y las posibilidades de participación.

Ninguno de estos acontecimientos permite predecir de manera exacta cómo actuarán los niños de hoy. Sí ofrece materiales para comprender que las personas no responden únicamente a su edad: responden a las condiciones en las que viven, las interpretaciones que construyen y las oportunidades que encuentran.

La educación histórica debería ayudar a formular preguntas que conecten el pasado con el presente:

  • ¿Qué problema intentaba resolver una generación?
  • ¿Qué recursos tenía disponibles?
  • ¿Qué decisiones tomó?
  • ¿Quiénes se beneficiaron y quiénes quedaron excluidos?
  • ¿Qué consecuencias aparecieron después?
  • ¿Qué podemos aprender sin suponer que las circunstancias actuales son idénticas?

Estas preguntas evitan dos errores frecuentes: idealizar a las generaciones anteriores y considerar que las nuevas necesariamente serán mejores por haber nacido en un entorno tecnológicamente más avanzado.

Cada generación hereda logros y problemas. Su tarea consiste en comprenderlos y decidir qué hacer con ellos.


6. La escuela frente a la Generación Alfa: transmitir conocimientos ya no alcanza

La escuela argentina tiene una historia vinculada con la construcción de ciudadanía, la alfabetización y la integración social.

Esa función continúa siendo esencial. Leer, escribir, comprender matemáticas, estudiar ciencias, conocer la historia nacional y aprender a participar en la vida democrática siguen siendo capacidades fundamentales.

Lo que cambia es el contexto en el que deben desarrollarse.

Cuando una persona puede obtener información en segundos, la educación necesita prestar todavía más atención a la calidad del conocimiento, la comprensión, el criterio y la capacidad de actuar responsablemente.

Esto no significa abandonar los contenidos. Sin conocimientos sólidos, el pensamiento crítico se vuelve superficial. Para cuestionar una afirmación histórica, por ejemplo, es necesario conocer los acontecimientos, las fuentes y el contexto en el que se produjo.

Tampoco significa que la memoria haya dejado de ser importante. Recordar fechas, conceptos, procedimientos y relaciones permite construir una base desde la cual pensar.

El problema aparece cuando la educación confunde aprender con repetir, aprobar con comprender y acumular información con desarrollar criterio.

Para la Generación Alfa, una educación completa debería integrar al menos cinco dimensiones.

Primera: conocimiento. Comprender los procesos históricos, científicos, culturales y sociales que permiten interpretar el mundo.

Segunda: discernimiento. Distinguir hechos, hipótesis, opiniones, interpretaciones y afirmaciones que necesitan verificación.

Tercera: autonomía. Aprender a tomar decisiones, reconocer errores y pedir ayuda cuando sea necesario.

Cuarta: convivencia. Desarrollar escucha, cooperación, responsabilidad y capacidad para trabajar con personas que piensan diferente.

Quinta: creación. Utilizar lo aprendido para imaginar alternativas, producir obras, resolver problemas concretos y participar en proyectos compartidos.

La inteligencia artificial puede contribuir a algunas de estas tareas. Sin embargo, no reemplaza la responsabilidad de los educadores de diseñar experiencias que ayuden a los estudiantes a comprender, relacionar y aplicar el conocimiento.

La pregunta ya no es si debemos incorporar tecnología a la escuela. Es qué tipo de aprendizaje queremos hacer posible con ella.

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7. De una pedagogía de la respuesta a una pedagogía de la oportunidad

En SONRIA hemos trabajado una idea que resulta especialmente pertinente para esta discusión: educar no consiste exclusivamente en transmitir respuestas ni en entrenar a las personas para resolver problemas.

También consiste en ampliar su capacidad para observar circunstancias, reconocer oportunidades y participar en la construcción de posibilidades.

La historia argentina permite ilustrar esta diferencia.

Un estudiante puede memorizar que la Reforma Universitaria ocurrió en 1918. Pero su comprensión será mayor si puede explicar qué reclamaban los estudiantes, qué estructuras cuestionaban, qué transformaciones promovieron y qué relación existe entre aquellos debates y la universidad contemporánea.

Puede aprender que la inmigración europea transformó la sociedad argentina. Pero comprenderá más profundamente el proceso si escucha historias familiares, investiga documentos, reconoce la diversidad de experiencias y examina también las consecuencias de la expansión territorial del Estado sobre los pueblos indígenas.

Puede estudiar la crisis de 2001 como una secuencia de acontecimientos económicos y políticos. Pero su aprendizaje será más significativo si analiza testimonios, identifica causas y consecuencias, distingue interpretaciones y comprende cómo una crisis institucional afecta la vida cotidiana.

En cada caso, el contenido histórico es indispensable. Lo que cambia es la manera de relacionarse con él.

La pedagogía de la oportunidad propone que el conocimiento no termine en una respuesta correcta. Debe abrir preguntas mejores, ampliar perspectivas y permitir que el estudiante encuentre relaciones con su propia experiencia.

Esta mirada también evita convertir a los niños en responsables de solucionar todos los problemas que heredaron de los adultos.

No corresponde pedirle a la Generación Alfa que repare por sí sola las dificultades económicas, las desigualdades educativas, la polarización política o los riesgos tecnológicos que atraviesan el país.

Sí corresponde prepararla para comprender esos desafíos y participar progresivamente en su transformación.

8. RENACE: recuperar la capacidad de vivir en una sociedad exigente

La historia argentina muestra que el desarrollo humano no puede reducirse al crecimiento económico, la acumulación de conocimientos o la eficiencia productiva.

Una sociedad puede desarrollar nuevas tecnologías y, al mismo tiempo, mantener desigualdades importantes. Puede ampliar el acceso a la información sin garantizar que todas las personas sepan utilizarla críticamente. Puede aumentar la productividad y, sin embargo, experimentar dificultades para distribuir oportunidades y sostener vínculos comunitarios.

En este contexto, el Protocolo RENACE, desarrollado en SONRIA como aplicación de la Ontología de la Conciencia al ámbito de la salud y el desarrollo humano, propone organizar una recuperación integral de la capacidad de vivir mediante cuatro funciones.

Se trata de una propuesta educativa-existencial e integrativa complementaria, no de un sustituto de la medicina.

SANAR: recuperar las condiciones para vivir y aprender

La primera función consiste en reconocer las condiciones biológicas, emocionales y ambientales necesarias para desarrollar una vida saludable.

Para los niños argentinos, esto incluye alimentación, descanso, movimiento, atención sanitaria, vínculos protectores, espacios de juego y condiciones adecuadas para aprender.

La historia de la salud pública argentina, desde las campañas sanitarias hasta la expansión de instituciones hospitalarias y la investigación científica, permite comprender que el bienestar individual también depende de políticas, infraestructuras y responsabilidades colectivas.

Sin condiciones mínimas de bienestar, las oportunidades educativas pueden quedar seriamente limitadas.

TRANSFORMAR: modificar hábitos, interpretaciones y posibilidades

Transformar no significa rechazar todo lo heredado. Significa reconocer qué prácticas siguen siendo valiosas, cuáles necesitan revisarse y qué nuevas capacidades requiere el contexto.

La alfabetización digital, el pensamiento crítico, la educación emocional y la capacidad de aprender a lo largo de la vida son ejemplos de áreas en las que la Generación Alfa puede necesitar nuevas herramientas.

También es importante que los adultos estén dispuestos a revisar sus propios modelos educativos. No podemos exigir a los jóvenes que aprendan de manera diferente si las instituciones continúan premiando exclusivamente la repetición.

SERVIR: pasar del desarrollo individual a la responsabilidad colectiva

La historia argentina está llena de experiencias de cooperación: bibliotecas populares, clubes de barrio, sociedades de fomento, cooperativas, organizaciones comunitarias, universidades públicas y asociaciones civiles.

Estas instituciones muestran que las personas pueden organizarse para responder a necesidades compartidas.

Servir no significa renunciar al desarrollo personal. Significa reconocer que las capacidades individuales adquieren una dimensión mayor cuando contribuyen al bienestar de otros.

En la escuela, esta función puede expresarse en proyectos comunitarios, investigaciones sobre problemas locales, actividades solidarias y experiencias de cooperación entre generaciones.

DISFRUTAR: recuperar la belleza, la presencia y el sentido

La vida no puede convertirse exclusivamente en una carrera de objetivos, evaluaciones y productividad.

La música, el deporte, el arte, la amistad, el juego, la naturaleza y las celebraciones comunitarias forman parte de la experiencia humana.

Argentina tiene una historia cultural extraordinariamente rica: el tango, el folklore, el rock nacional, el cine, la literatura, el teatro, las artes visuales y las expresiones populares de sus distintas regiones.

Transmitir ese patrimonio no consiste en pedir a los niños que reproduzcan las preferencias de sus mayores. Consiste en acercarlos a un mundo cultural amplio para que puedan descubrir, interpretar, crear y disfrutar.

Las cuatro funciones se complementan. Sanar establece condiciones indispensables; transformar amplía las posibilidades; servir conecta el desarrollo individual con el colectivo; disfrutar devuelve sentido a la experiencia de vivir.

La pregunta que atraviesa este recorrido es sencilla:

¿Para qué estamos educando si no es para recuperar y ampliar nuestra capacidad de vivir?

9. El desafío tecnológico: aprender a utilizar máquinas sin delegar la conciencia

La Generación Alfa está creciendo en un entorno donde la inteligencia artificial puede intervenir en actividades que antes requerían exclusivamente la participación humana.

Puede ayudar a traducir idiomas, generar borradores, analizar información, crear imágenes y asistir en procesos de investigación. También puede producir errores convincentes, reproducir sesgos, facilitar engaños y utilizar información de maneras que los usuarios no siempre comprenden.

La cuestión educativa no consiste en enseñar a desconfiar de toda tecnología. Consiste en aprender a utilizarla con criterio.

Una escuela debería enseñar, por ejemplo, a comparar una respuesta de IA con fuentes históricas confiables, identificar afirmaciones sin evidencia, revisar una imagen aparentemente documental y reconocer cuándo un sistema está inventando información.

También debería abordar la privacidad, el consentimiento, la autoría, los derechos de otras personas y la responsabilidad por los contenidos que se comparten.

La historia argentina ofrece una oportunidad para practicar estas capacidades. Un estudiante puede utilizar herramientas digitales para investigar la inmigración, reconstruir la historia de un barrio o comparar testimonios sobre un acontecimiento. Pero necesita verificar documentos, identificar sus procedencias y distinguir entre fuentes primarias y reconstrucciones posteriores.

El objetivo no es que la máquina haga el trabajo del estudiante. Es que el estudiante aprenda a trabajar mejor con la máquina sin perder la capacidad de comprender lo que produce.

Este desafío también corresponde a los adultos, las empresas tecnológicas, los gobiernos y las instituciones educativas.

No podemos trasladar toda la responsabilidad a los niños mientras dejamos sin discutir las decisiones de quienes diseñan las plataformas, definen sus objetivos comerciales y establecen las condiciones de acceso.

La formación tecnológica debe acompañarse de responsabilidad institucional.

10. Argentina como experiencia intergeneracional

Una de las mayores riquezas de la historia argentina es la posibilidad de observar cómo distintas generaciones construyeron instituciones, expresiones culturales y formas de organización social.

Los abuelos pueden aportar recuerdos de transformaciones que los nietos conocen solamente por los libros. Los jóvenes pueden mostrar nuevas herramientas, lenguajes y formas de participación. Los docentes pueden ayudar a relacionar esas experiencias con procesos históricos más amplios.

Pero el diálogo intergeneracional no debería consistir en que los mayores hablen y los jóvenes escuchen, ni en que los jóvenes descarten automáticamente lo que recibieron.

Debe existir una relación de aprendizaje recíproco.

Una propuesta concreta sería construir archivos familiares y comunitarios que reúnan fotografías, documentos, objetos cotidianos, relatos orales y testimonios de distintas generaciones.

Una libreta de trabajo, una carta enviada desde Europa, una fotografía de una fábrica, un boleto de tranvía, un uniforme escolar, una radio antigua o un teléfono celular pueden convertirse en puntos de partida para investigar transformaciones económicas, culturales y tecnológicas.

Cada objeto abre preguntas: ¿quién lo utilizaba?, ¿qué necesidad resolvía?, ¿qué costumbres representaba?, ¿qué grupos tenían acceso a él?, ¿qué cambió cuando apareció una tecnología nueva?

La propuesta del Museo del Futuro de SONRIA parte de una convicción compatible con este enfoque: la historia debe conectarse con las preguntas del presente y con la imaginación de futuros posibles.

Un museo o una escuela pueden convertirse así en espacios donde el patrimonio deja de ser una colección inmóvil y se transforma en una experiencia de investigación, conversación y creación.

La historia argentina no se encuentra únicamente en los monumentos nacionales. También está en las historias de los barrios, los oficios, las familias, los movimientos sociales, las comunidades indígenas y las personas que construyen la vida cotidiana.

Incorporar esas voces permite desarrollar una mirada más federal y plural del país.

11. ¿Qué Argentina queremos dejarle a la Generación Alfa?

La pregunta por el futuro de esta generación no puede responderse únicamente describiendo cómo son los niños de hoy. Necesitamos examinar las decisiones que estamos tomando los adultos.

¿Qué condiciones de salud y bienestar estamos garantizando? ¿Qué oportunidades educativas ofrecemos? ¿Qué instituciones estamos fortaleciendo? ¿Qué memoria histórica transmitimos? ¿Qué responsabilidad asumimos frente a las tecnologías que desarrollamos y utilizamos?

También necesitamos preguntarnos qué país estamos construyendo en materia de trabajo, vivienda, ambiente, ciencia, cultura y participación democrática.

No todas estas cuestiones tienen respuestas simples. Muchas involucran conflictos legítimos de intereses, restricciones económicas y distintas interpretaciones sobre el papel del Estado y de la sociedad civil.

Por eso, educar para el futuro no debería consistir en imponer una única respuesta política. Debería formar personas capaces de analizar evidencias, comprender argumentos diferentes, identificar consecuencias y participar responsablemente en la vida democrática.

La Generación Alfa no necesita recibir una Argentina idealizada ni una Argentina condenada de antemano al fracaso.

Necesita conocer un país real: con sus logros científicos y culturales, sus instituciones, sus recursos naturales, sus tradiciones de solidaridad, sus desigualdades y sus conflictos pendientes.

La autoestima colectiva no exige negar los errores. Se fortalece cuando una sociedad puede reconocerlos, aprender de ellos y desarrollar capacidades para actuar mejor.

Tampoco debemos presentar a los niños como una generación excepcional destinada a resolverlo todo. Ninguna cohorte posee por nacimiento una superioridad moral o intelectual. Las capacidades se desarrollan mediante experiencias, vínculos, educación y oportunidades.

El futuro dependerá, en parte, de lo que esta generación pueda hacer. Pero también dependerá de las condiciones que las generaciones actuales estén dispuestas a construir.

12. Del pasado heredado al futuro cocreado

La historia argentina permite reconocer una constante: el país nunca fue una realidad terminada.

Sus instituciones cambiaron, sus ciudades crecieron, sus poblaciones se transformaron y sus expresiones culturales incorporaron influencias diversas. También hubo rupturas, retrocesos, conflictos y pérdidas que condicionaron las posibilidades de millones de personas.

La Generación Alfa llega a este escenario en una etapa en la que la inteligencia artificial, la automatización y las transformaciones económicas están modificando las condiciones del aprendizaje y del trabajo.

Pero la tecnología no determina por sí sola el destino de una sociedad.

Las decisiones humanas siguen siendo importantes: qué se investiga, cómo se financia, quién accede a sus beneficios, qué riesgos se aceptan, qué límites se establecen y qué instituciones se fortalecen.

La misma lógica se aplica a la educación. Podemos utilizar las nuevas herramientas para multiplicar la repetición y el consumo pasivo de información, o podemos emplearlas para ampliar la curiosidad, la investigación, la creación y la participación.

La diferencia no reside solamente en los dispositivos disponibles. Depende del propósito que orienta su utilización.

Por eso, la invitación consiste en abandonar la pregunta limitada de cómo adaptar a los niños a un mundo que cambia y comenzar a formular otra:

¿Cómo los acompañamos para que comprendan ese mundo y participen conscientemente en su transformación?

La respuesta exige integrar historia, ciencia, arte, tecnología, ética y experiencia humana. También exige que los adultos estén dispuestos a aprender, porque no podemos preparar a las nuevas generaciones para escenarios que nosotros mismos nos negamos a comprender.

Conclusión. Una generación no es el futuro: es una parte del presente

La Generación Alfa no es una promesa automática de progreso ni una amenaza para las costumbres anteriores. Es una cohorte de niños y jóvenes que está creciendo en condiciones históricas específicas, con oportunidades y dificultades diferentes según su entorno.

Su historia ya comenzó.

Está en las aulas, en las familias, en los clubes, en los barrios, en las comunidades rurales, en las plataformas digitales y en las conversaciones que los adultos mantienen —o dejan de mantener— con ellos.

Comprenderla exige reconocer la diversidad de la infancia argentina, estudiar los acontecimientos que moldearon el país y evitar que las etiquetas generacionales sustituyan la investigación histórica.

También exige una educación que no se limite a transmitir información. Los conocimientos son indispensables, pero necesitan convertirse en comprensión, criterio, responsabilidad y capacidad de acción.

Desde la perspectiva de SONRIA, esta tarea puede expresarse mediante el recorrido de RENACE: sanar las condiciones de la vida, transformar nuestras maneras de comprender y actuar, servir a una comunidad más amplia y recuperar la capacidad de disfrutar de aquello que da sentido a la existencia.

No se trata de pedir a los niños que reparen por sí solos el país que reciben. Se trata de asumir que los adultos tenemos una responsabilidad concreta en la calidad de ese legado.

Los argentinos que nacieron después de 2010 heredarán una historia que no eligieron. Pero podrán aprender a comprenderla, cuestionarla y participar en su continuidad.

La Argentina de 2040 no será simplemente el resultado de las tecnologías que hoy desarrollamos. También dependerá de las instituciones que fortalezcamos, de los vínculos que cultivemos, de la educación que seamos capaces de ofrecer y de las decisiones que asumamos colectivamente.

Por eso, la pregunta final no es qué generación será Alfa cuando crezca.

La pregunta es qué estamos haciendo nosotros mientras crece.

No podemos elegir la historia que recibió la Generación Alfa. Sí podemos decidir qué oportunidades, qué memoria y qué responsabilidad le ayudaremos a construir con ella.

Y esa decisión empieza hoy, en cada familia, en cada escuela, en cada comunidad y en cada espacio donde una generación se encuentra con otra para imaginar, aprender y construir la Argentina que viene.


Un desarrollo del Dr Fabián Sorrentino para el encuentro: Muy Argento.

Referencias para profundizar

  • Fundación SONRIA. Gen Beta: La brújula humana para el mundo que viene.
  • Fundación SONRIA. El Museo del Futuro: Arquitectura de la Conciencia y Transmutación Social.
  • Fundación SONRIA. Los Argentos del Nuevo Milenio y la Gen Z.
  • Fundación SONRIA. La Generación de 1918 al 29: Argentos de entreguerra.
  • Fundación SONRIA. La generación Alfa: los líderes del futuro.
  • Ley 1420 de Educación Común, 1884.
  • Reforma Universitaria de Córdoba, 1918.
  • CONADEP, Nunca Más, 1984.
  • Juicio a las Juntas, 1985.
  • Archivo General de la Nación Argentina: fondos documentales, fotografías y registros históricos.

Nota editorial: las fechas utilizadas para delimitar las generaciones son aproximadas y convencionales. Las afirmaciones históricas deben verificarse mediante fuentes documentales y bibliografía especializada antes de una publicación académica definitiva.