Una relectura de «La república Argenta: 1918-1929», reescrita desde una mirada más porteña, puesta en diálogo explícito con el marco de «cohortes generacionales» que Estados Unidos exportó al mundo, y ahora también con los datos poblacionales del crisol que hizo posible a esta cohorte.


0. Antes de arrancar: de qué hablamos cuando hablamos de «cohortes»

Conviene decirlo de entrada, con todas las letras, porque cambia cómo hay que leer todo lo que sigue: la idea de dividir la historia en «generaciones» con nombre y apellido —Generación Perdida, Generación Silenciosa, Baby Boomers, Generación X, Millennials— es, en su formato moderno, un invento norteamericano. Hay un antecedente teórico europeo (el sociólogo húngaro-alemán Karl Mannheim, que en 1928 escribió sobre «el problema de las generaciones»), pero el uso que hoy le damos —etiquetas con rango de años, rasgos de personalidad colectiva, aplicación en recursos humanos, marketing y programas de formación como este mismo— nace y se populariza en Estados Unidos. Gertrude Stein le puso el nombre a la «Lost Generation» en una charla de café en París; Hemingway lo usó de epígrafe en Fiesta; y ya entrado el siglo XX, William Strauss y Neil Howe le dieron a todo esto una arquitectura teórica sistemática en su libro Generations (1991).


1. ¿Qué es un «Argento»? El crisol, no el pasaporte

Antes de seguir, una aclaración que hace directamente al título de este texto. Cuando hablamos de «los Argentos» no estamos hablando de «los argentinos» en el sentido estrecho del documento de identidad. Usamos «Argento» a propósito, como una categoría más ancha y más honesta: la de todos los que eligieron venir a construir este pedazo de tierra, más allá de dónde hubieran nacido.

Y hay, además, un juego de palabras que vale la pena señalar, porque no es casual. «Argento» es, literalmente, la palabra italiana para «plata». El propio nombre «Argentina» viene del latín argentum —la misma raíz—, bautizado así por los primeros exploradores que perseguían la leyenda de una «Sierra de la Plata» en el Río de la Plata. Que la inmensa mayoría de quienes vinieron a poblar ese territorio hablaran, muchos de ellos, un idioma donde «argento» significa justamente eso —plata— no es un chiste nuestro: es casi una redundancia histórica. País de la plata, poblado en gran parte por gente que decía «argento» para nombrar la plata. Le decimos «los Argentos» a esta cohorte, entonces, con ese doble sentido bien puesto: los que se hicieron de la tierra, y los que —en su idioma de origen— llevaban la plata en la lengua.

Esta cohorte, la del 18 al 29, es además la que mejor representa ese crisol, porque coincide con el tramo final de la gran ola inmigratoria transatlántica (1880-1930, aproximadamente), la etapa en la que la Argentina recibió, en proporción a su población, más extranjeros que casi cualquier otro país del mundo —incluido Estados Unidos—. De esa ola, tres orígenes fueron, con enorme diferencia, los más representativos:

  • Italianos. El grupo más numeroso de todos: más de dos millones de personas llegadas entre mediados del siglo XIX y comienzos del XX. Fueron mayoría absoluta en el puerto de Buenos Aires y dejaron una marca que todavía se escucha: buena parte de la entonación «cantada» del habla porteña —eso que los lingüistas llaman cocoliche— viene directamente de ahí.
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  • Españoles. El segundo grupo en volumen, con más de un millón de personas, mayoritariamente gallegos, asturianos y andaluces. Tan de peso fue su huella que en el imaginario popular «gallego» terminó siendo, durante décadas, sinónimo genérico de «español» en la Argentina, viniera uno de donde viniera.
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  • Polacos —categoría de pasaporte que incluía, dentro suyo, a una enorme proporción de inmigración judía—. Un grupo mucho más chico en volumen absoluto, pero con un crecimiento explosivo justo en esta década, y con una conexión directa e insospechada con Estados Unidos: en 1924, el Congreso norteamericano sancionó la Ley de Orígenes Nacionales, que recortó a apenas 6.000 personas por año el cupo de inmigración polaca hacia los Estados Unidos. El resultado fue casi inmediato: buena parte de esa emigración, antes orientada a Nueva York, se redirigió al Río de la Plata. Entre 1919 y 1930, decenas de miles de polacos —muchos de ellos judíos— llegaron a la Argentina, y su participación en el total de inmigrantes desembarcados pasó de apenas un 5% en 1923 a más del 12% en 1927.

Vale una aclaración terminológica que también hace a la época: en el lenguaje popular porteño de esos años —y todavía hoy, en el barrio de Once o en el imaginario colectivo— a los inmigrantes judíos, vinieran de Polonia, de Rusia o de Ucrania, se los llamaba genéricamente «rusos». No era un dato geográfico preciso: era, como pasa siempre con el lenguaje de la calle, una forma rápida —y a veces injusta— de nombrar una otredad que en los papeles del barco decía «Polonia» o «Imperio ruso» según qué frontera estuviera vigente ese año.

Ese fue, entonces, el material humano con el que se armó «la cohorte del 18 al 29»: italianos que traían el trabajo y el barrio, españoles que traían el comercio y el idioma compartido, y polacos —muchos de ellos judíos— que traían, además de sus oficios, la experiencia fresca de haber sido, en Europa, minoría perseguida. Todos, sin excepción, apostando a lo mismo en silencio: la casa propia, medida en la vereda que uno mismo barre, como definición última de «haberla hecho».


2. El crisol en números: quiénes llegaban (o ya estaban) entre 1918 y 1929

Una aclaración honesta antes de la tabla: la Argentina no tuvo censo nacional entre 1914 y 1947, así que no existe una «foto» oficial año por año de cuánta gente vivía en el país durante esta década. Lo que sí existen, y con bastante precisión, son los registros de entrada y salida por el puerto de Buenos Aires, que organismos como el CEMLA (Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos) y estudios académicos posteriores conservaron y sistematizaron. Con esa salvedad, estos son los números disponibles:

Punto de partida. El Censo Nacional de 1914 —el último antes de esta cohorte— contó 7.903.662 habitantes en el país. De ellos, aproximadamente una de cada tres personas era inmigrante: una proporción de extranjeros sobre población total que ningún otro país de la región, y pocos en el mundo, llegaron a igualar.

Ingresos y egresos por el puerto de Buenos Aires, 1919-1924 (inmigrantes y emigrantes de ultramar, en personas):

AñoInmigrantesEmigrantesSaldo neto
191941.29926.756+14.543
192087.03256.110+30.922
192198.08665.382+32.704
1922129.26391.364+37.899
1923195.063141.680+53.383
1924159.939110.446+49.493

Fuente: Ferenczi & Willcox, «International Migrations» (National Bureau of Economic Research, 1929-1931).

El salto entre 1919 y 1923 es elocuente: la posguerra reactiva de golpe un flujo que la Primera Guerra Mundial casi había cortado (entre 1914 y 1918 el saldo migratorio había sido directamente negativo, con más gente yéndose que llegando). 1923 es, con estos datos, el pico de la década. Para 1925-1929 no hay una serie año a año tan prolija en las fuentes consultadas, pero los historiadores coinciden en que el flujo se mantuvo alto, con un nuevo repunte en 1927, hasta que el propio crac de Wall Street empieza a frenarlo recién a partir de 1930.

Los dos grandes grupos, cara a cara (1923 vs. 1924):

NacionalidadIngresos 1923Ingresos 1924
Italianos≈ 92.000≈ 73.100
Españoles≈ 48.500≈ 45.700

Fuente: Devoto, F. (2000), citado en Revista de Indias (CSIC, 2022).

El tercer actor, en ascenso (inmigración polaca, incluida la polaco-judía):

PeríodoDato
1919-1922≈ 7.000 polacos ingresados en total; de ellos, 2.553 (36%) eran polaco-judíos
1923Los polacos representan el 5% del total de inmigrantes llegados al país
1927Esa participación trepa al 12% del total
1929Pico de la serie, con más de 24.000 ingresos en el año

Fuente: elaboración basada en Revista de Indias (CSIC, 2022) y Archiwum Akt Nowych (Varsovia).

Tres lecturas rápidas de esta tabla, que van a reaparecer más adelante en el texto:

  1. La casa propia no era un capricho, era una carrera contra el reloj. Con semejante volumen de gente nueva llegando cada año, la presión sobre la vivienda, el trabajo y el lugar en la ciudad era real y constante.
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  2. La inmigración polaco-judía crece en la Argentina, en parte, por una decisión tomada en Washington. El cierre de la puerta norteamericana en 1924 no frenó la migración: la desvió. Es la prueba más concreta, en toda esta historia, de que lo que pasaba en Estados Unidos y lo que pasaba en la Argentina no eran, ya en 1924, dos historias aisladas.
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  3. El crisol tenía fecha de vencimiento. Esta ola inmigratoria masiva, la que hizo a «los Argentos», se corta en seco con la crisis de 1929 y el clima político posterior: la Argentina siguió recibiendo inmigrantes después, pero nunca más a esta escala relativa.

3. 1918-1929: la Buenos Aires que se subió al tranvía de la modernidad

Veníamos de los fastos del Centenario (1910), esa fiesta autocelebratoria de una Argentina que se creía destinada a ser «el granero del mundo» para siempre. Y veníamos, también, de una guerra europea que la Argentina miró desde afuera —el país se mantuvo neutral durante casi toda la Primera Guerra Mundial— pero que, aun así, le llegó de rebote: en los precios de las exportaciones, en el clima ideológico, en la sensación difusa de que el viejo orden europeo, el que la oligarquía porteña tanto admiraba, se había quebrado para siempre.

Buenos Aires, mientras tanto, no paraba de crecer, alimentada por el crisol que acabamos de cuantificar. Era ya una de las ciudades más grandes de habla hispana, un puerto que tragaba inmigrantes a un ritmo que ninguna otra capital latinoamericana igualaba. Los conventillos se apilaban en San Telmo, La Boca y Once; los tranvías cruzaban la ciudad en todas direcciones; y una nueva clase media, hija y nieta de esa inmigración, empezaba a golpear las puertas de instituciones que hasta entonces habían sido coto exclusivo de «las familias conocidas».

Fue en ese caldo donde apareció, con fuerza propia, una sensibilidad generacional que no se reconocía ni en el conservadurismo de la vieja oligarquía ni en el clericalismo académico heredado del siglo XIX. Pedían voz propia. Cuestionaban dogmas. Y, sobre todo, tenían la convicción —tan propia de cualquier «juventud que se cree la primera»— de que les tocaba a ellos fundar algo nuevo.


1. El país que encontraron: la Argentina que salía del Centenario

Los protagonistas de esta historia nacieron, en su mayoría, entre 1895 y 1908: son pibes y pibas criados a la sombra de los festejos del Centenario de 1910, con una Buenos Aires que crecía a un ritmo que hoy nos resultaría vertiginoso. La ciudad se llenaba de inmigrantes —italianos, españoles, del este de Europa, sirio-libaneses— que desembarcaban con la promesa de «hacerse la América» y terminaban amontonados en los conventillos de La Boca, San Telmo o Barracas. El tranvía, el subte (inaugurado en 1913, el primero de América Latina y del hemisferio sur) y los primeros edificios en altura empezaban a dibujar una metrópolis cosmopolita que se sentía, con toda intención, una capital a la altura de París o Londres.

Esa juventud no se reconocía ni en los salones de la vieja oligarquía conservadora ni en la modorra de una universidad pensada para reproducir notarios, curas y abogados de apellido patricio. Eran, muchos de ellos, hijos o nietos de inmigrantes que habían ascendido gracias a la escuela pública sarmientina y que ahora golpeaban la puerta de la universidad exigiendo entrar como sujetos, no como convidados de piedra. Esa tensión —entre una Argentina agroexportadora y patricia que se resistía a soltar el mando, y una clase media nueva, alfabetizada y ambiciosa que empujaba desde abajo— es el combustible de todo lo que viene después.

El auge arquitectónico de los años 20 en Argentina

Esta generación marcó una transformación profunda del paisaje urbano, especialmente en Buenos Aires. La prosperidad económica impulsó la llegada del Art Déco, el neoclasicismo monumental y las primeras influencias del racionalismo europeo. Se construyeron edificios emblemáticos como el Kavanagh, el Palacio Barolo y numerosas galerías y teatros sobre Corrientes y el centro porteño. Fue una década donde la arquitectura combinó modernidad, simbolismo y ambición, reflejando un país que se veía a sí mismo como potencia emergente y buscaba dejar huella estética y cultural en cada esquina de su capital.


2. El Grito de Córdoba: la Reforma que fundó una tradición política

En junio de 1918, en la conservadora y clerical Universidad Nacional de Córdoba, un grupo de estudiantes le puso fecha de vencimiento al viejo régimen académico colonial. No era solo un reclamo de «mejor enseñanza»: era una rebelión generacional en toda regla contra un sistema que elegía a sus autoridades a dedo, que vetaba cualquier corriente de pensamiento incómoda y que trataba al estudiantado como menor de edad perpetuo.

El Manifiesto Liminar, redactado por Deodoro Roca, es el documento fundacional de ese estallido: reclama la libertad de cátedra, la autonomía de las casas de estudio respecto del poder eclesiástico y estatal, y el cogobierno —es decir, que estudiantes, graduados y profesores compartieran el manejo de la universidad—. El presidente Hipólito Yrigoyen, recién llegado al poder gracias a la Ley Sáenz Peña de 1912 (la que instauró el voto secreto, universal y obligatorio para los varones), intervino las universidades y respaldó a los reformistas, dándole al radicalismo un aliado natural: la nueva clase media urbana que por fin veía una vía de ascenso a través del título universitario.

Lo que arrancó en Córdoba no se quedó en Córdoba. El ideario reformista cruzó fronteras y se convirtió en la matriz de casi todos los movimientos estudiantiles latinoamericanos del siglo XX, de Perú a Cuba. Fue, en criollo, el primer gran «meme» político argentino de exportación.


3. Yrigoyen, la nueva clase media y el envés oscuro de la fiesta

La «década del veinte» tuvo el pulso del primer yrigoyenismo: un radicalismo que abrió la administración pública, la docencia y las profesiones liberales a los hijos de tanos y gallegos que veinte años antes bajaban de un barco con una valija de cartón. La movilidad social ascendente, real y palpable, es una de las marcas de agua de esta cohorte.

Pero conviene no idealizar la postal. En enero de 1919, apenas siete meses después del Grito de Córdoba, Buenos Aires vivió la Semana Trágica: una huelga metalúrgica en los talleres Vasena derivó en una represión brutal por parte de policía, ejército y bandas parapoliciales de la Liga Patriótica Argentina, con el condimento adicional de una cacería antisemita contra la colectividad judía del barrio de Once, alimentada por el pánico anticomunista que había desatado la Revolución Rusa dos años antes. Cientos de muertos, en su inmensa mayoría trabajadores. Los mismos jóvenes intelectuales que celebraban la apertura reformista no podían mirar para otro lado frente a esa violencia de Estado: ahí conviven, en la misma cohorte y en la misma década, el optimismo modernizador y su reverso más sangriento.

Esta generación creyó firmemente que la educación, el arte y la política podían refundar el destino argentino bajo el signo de la libertad y la modernidad. Si bien el shock externo de 1929 y la intolerancia política truncaron sus proyectos más ambiciosos, el legado estético de sus vanguardias y la conquista de la universidad pública y autónoma siguen definiendo los contornos esenciales de la cultura y la sociedad de la República Argentina hasta el día de hoy. [12]


4. Florida y Boedo: nuestra propia Generación Perdida, con acento porteño

Si en Nueva York y en el París de los expatriados el desencanto de posguerra se procesaba en los bares clandestinos de la Ley Seca y en las novelas de Hemingway y Fitzgerald, en Buenos Aires ese mismo desencanto —sumado a la vertiginosa modernización de la ciudad— se procesó en una pelea de café que todavía hoy da que hablar: Florida contra Boedo.

El Grupo Florida se juntaba en la confitería Richmond, sobre la calle que le da nombre, y tenía en la revista Martín Fierro su trinchera. Cosmopolitas, devotos de las vanguardias europeas y del ultraísmo, jugaban con el lenguaje como quien juega al truco: buscaban la metáfora nueva, el verso que rompiera con la métrica de siempre. Ahí estaban un jovencísimo Jorge Luis Borges recién vuelto de España, Oliverio Girondo, Norah Lange, Leopoldo Marechal, Ricardo Güiraldes, y en las artes plásticas Xul Solar y Emilio Pettoruti.

El Grupo Boedo, en las antípodas geográficas y estéticas, se reunía en el café El Japonés y giraba en torno a la Editorial Claridad, en pleno barrio obrero. Su apuesta era otra: realismo social, temática proletaria, compromiso político de izquierda y libros baratos para llegar a un público masivo, no a una élite lectora. Elías Castelnuovo, Leónidas Barletta, Roberto Mariani y, sobre todos ellos, Roberto Arlt —cronista despiadado y genial de los márgenes de esa modernidad porteña— son sus nombres propios.

Borges y Arlt ya escribían con fuerza en 1925, pero desde mundos opuestos. Borges, ligado al Grupo Florida y Martín Fierro, tenía una prosa pulida, vanguardista y consciente, lejos del Borges metafísico, pero ya plenamente formada. Arlt, en cambio, era crudo, callejero y formalmente torpe, aunque potente y moderno, anticipando la energía de El juguete rabioso y Los siete locos.

La historiografía después discutió si esa antinomia era tan real como se la pintó, o si en realidad era una grieta más de café que de convicciones irreconciliables: hubo quien, como Raúl González Tuñón, circuló con total naturalidad por los dos bandos. Lo que no está en discusión es que ambos grupos, con recetas opuestas, perseguían lo mismo que Hemingway y sus compañeros de generación en Estados Unidos: romper con el pasado, inventar una lengua nueva para nombrar un mundo que ya no se parecía en nada al de sus padres.


5. 1929: el año en que la fiesta se cortó de los dos lados del Ecuador

Hacia el final de la década, la prosperidad empezaba a hacer agua. La Argentina dependía como pocas economías del mundo de sus exportaciones de carnes y granos y del ingreso constante de capitales extranjeros, sobre todo británicos. Cuando en octubre de 1929 se derrumbó la Bolsa de Nueva York, los precios internacionales de los productos agropecuarios se fueron al fondo del río, y con ellos la recaudación del Estado argentino, que dependía en gran medida del comercio exterior.

La crisis económica fue el detonante —no la única causa, pero sí el gatillo— del golpe de Estado de septiembre de 1930 contra un ya debilitado Hipólito Yrigoyen, encabezado por el general José Félix Uriburu. Se cerraba así, de un plumazo militar, el ciclo democrático que esta generación había defendido con uñas y dientes desde 1918, y se abría la etapa que la propia historia bautizó, sin ironía, como la «Década Infame».

El paralelo con Estados Unidos es casi cinematográfico: el mismo crack bursátil que hunde a la Argentina de Yrigoyen es el que le pone punto final al Jazz Age de Fitzgerald y a los «felices veinte» neoyorquinos. Dos generaciones, dos continentes, un mismo día de octubre que las parte al medio. Ahí es donde el molde importado y la experiencia local dejan de necesitar traducción: coinciden en el calendario, aunque no en las consecuencias políticas de cada país.


6. Lo que quedó: el legado de «los del 18»

Esta generación creyó, con una fe casi religiosa, que la educación, el arte y la política podían refundar el destino argentino bajo el signo de la libertad y la modernidad. El shock externo del 29 y la intolerancia política de la década siguiente truncaron buena parte de sus proyectos más ambiciosos. Pero dos herencias sobrevivieron hasta hoy con una fuerza notable: la universidad pública, gratuita, autónoma y cogobernada que salió de Córdoba en 1918 sigue siendo, con matices, el modelo vigente en la mayoría de las universidades nacionales argentinas; y el repertorio estético de Florida y Boedo —de Borges a Arlt— sigue siendo el ADN de buena parte de la literatura argentina del siglo XX.


7. Tabla-síntesis: cinco miradas sobre una misma cohorte


8. Para cerrar: el límite de pensar en generaciones

Vale la pena terminar con la misma cautela con la que arrancamos. Pensar en «generaciones» es útil como brújula, no como mapa exacto: ayuda a ordenar un período, a encontrarle un hilo narrativo a hechos dispersos, pero corre el riesgo de borrar todo lo que no encaja prolijo en la etiqueta —los trabajadores de la Semana Trágica que no escribían en Martín Fierro ni en Claridad, las mujeres que participaron de la Reforma y de las vanguardias sin tener casi nunca un lugar en la foto oficial, las provincias que vivieron ese mismo período muy lejos del eje Córdoba-Buenos Aires. Usar el molde generacional como herramienta de lectura está bien; confundirlo con un destino compartido e inevitable para todo un país ya es otra cosa.


Un desarrollo del Dr. Fabián Sorrentino para la Expo: Muy Argento!

Fuentes y lecturas sugeridas