En sentido estricto, el proceso de reparación psicológica sería todo aquel esfuerzo que lleva a cabo una persona para arreglar lo que siente que ha estropeado o ha roto. Emprender este camino de reparación resulta difí­cil, pero reconfortante para dicha persona, puesto que, representa la esperanza de poder seguir viviendo con la confianza en mantener una adecuada capacidad de amar, de poder construir y reconstruir creativamente la propia vida en relación con los otros. Y lo que es aún más importante, permite tener la experiencia de contactar con los aspectos destructivos de uno mismo, soportarlos y comprobar que, de alguna manera, pueden ser modificados.

La reparación psicológica se halla estrechamente vinculada al sentimiento de culpa, tanto si el individuo es consciente del mismo como si no lo es. Se la puede considerar como la mejor salida o la mejor ví­a de transformación de la culpa, ya que se asienta en las capacidades vitales y creativas de la persona promoviendo su crecimiento a todos los niveles. Para conjugar adecuadamente estas dos variables, culpa y reparación, se ha de dar la condición de que el yo sea fuerte para soportar, y no proyectar, la culpa fuera de sí­ mismo. Y, además, la intensidad de la culpa no ha de ser excesivamente abrumadora, de tal modo que, a pesar del sufrimiento que le infringe al yo, éste pueda tener disponibilidad mental y emocional para reaccionar positivamente intentando movilizarse para arreglar la situación malograda.

Si bien todo lo dicho hasta ahora es cierto, creo importante señalar la idea de que la reparación psicológica es un proceso y como tal, cursa siguiendo una evolución en el tiempo. Por ello, el punto de partida podrí­a ser la vivencia de un sentimiento de culpa que persiga al yo y le resulte abrumador, con la consecuente necesidad de recurrir a la acción mental de proyectarlo fuera de sí­, como una forma de aliviar momentáneamente el sufrimiento, de darse un margen para reflexionar y retomar el asunto que desencadenó el estropicio. Y de ahí­, abrirse a la posibilidad de sentir pena y llegar a tener una nueva comprensión psicológica y emocional de lo acontecido que facilite la maniobra de reparación.

Si afirmamos que el proceso de reparación mental se desencadena por el sentimiento de culpa y éste surge del mal, sea fantaseado o real, sea intencionado o contingente a dificultades, entonces nos lleva a plantearnos la cuestión de si todo acto creativo y esfuerzo personal pueden ser considerados como sinónimos de reparación o no necesariamente. En mi opinión, considero que el origen de la obra creativa, el esfuerzo de la construcción de la propia vida, con todo el entramado emocional y relacional que conlleva, no implica que siempre se haga como una compensación del fallo, o para arreglar lo que se ha hecho inadecuadamente, ya que el impulso vital y el afán de crecimiento son inherentes al ser humano. No obstante, la vida en su vertiente de obra de arte puede abarcar múltiples ámbitos: el de la satisfacción de crecer y crear, y también el de la redención, tanto propia como ajena.

En este sentido, cuando la tarea profesional que realiza un ser humano conlleva una carga reparatoria exitosa, también le ofrece la posibilidad de poder disfrutar de una dimensión que aporta plenitud a su identidad laboral y consolida la función social que conlleva, lo que resulta mucho más interesante que trabajar únicamente a cambio de un salario. En esta dimensión de plenitud personal se fundamenta la auténtica labor de reparación, a diferencia de otras dinámicas que, en realidad, deben ser consideradas como maniobras de expiación, o actividades al servicio de hacer desaparecer mágicamente lo que se ha dañado.

Recomiendo la pelí­cula Manchester frente al mar (2016), dirigida por Kenneth Lonergan, ya que muestra claramente lo que es llevar una vida de expiación a diferencia de la reparación. Y Recomiendo leer el libro de Ian McEwan (2001), Expiación Ed. Anagrama S.A. 2002. ISBN 9788433969750, el cual, a diferencia de su tí­tulo, ejemplifica lo que implica y es un acto de reparación.

Fuente: 19 septiembre 2017 Ana Minieri