La identidad es un concepto en constante evolución, del cual han aparecido en estos últimos años, toda una gama de significaciones: identidad personal, biológica, psicológica, de género, cultural, nacional, jurídica, corporativa, matemática, etc. Declara el Dr Fabián Sorrentino.

Para el diccionario de las emociones, actitudes y conductas de México, es el concepto que tengo de mi mismo o mi propia definición de cómo soy. Ella constituye para efectos prácticos mi definición de mi forma de ser. Sin embargo en cada proceso de desarrollo personal surge el reconocimiento de que la persona ha tergiversado en algún menor o mayor grado su percepción de sí misma, de manera más o menos consciente. Por ejemplo, tiene una serie de rasgos que no le gustan de ella misma, y que los olvida o desconoce para no incluirnos en su retrato de sí misma.

Puede decirse que son de aparición ocasional y poco frecuente, y que está en campaña para deshacerse de ese rasgo y que muy pronto lo logrará, por lo que no es necesario incorporarlo en su retrato de cómo es. Cuando descubrimos que cualquier adulto puede realizar un proceso de reeducación de sí mismo, y transformar aspectos de cómo es, reconocemos que la identidad no es inmutable.

Para la filosofía misma hay toda una suerte de autores y corrientes que aportan diferentes miradas abarcándola y completándola en si misma.

La introducción del principio de identidad se atribuye a menudo a Aristóteles, pero ninguna referencia a él existe hasta después de Tomás de Aquino en el siglo XIII.

En el siglo XVII, la referencia a esta ley era común entre los filósofos, y es probable que haya sido tomada de las enseñanzas de Aristóteles durante la Alta Edad Media.

A los fines de este artículo inicial comprendemos la identidad como el componente más invariable de una persona u organización. Para reconocerla nos viene muy bien comprender la ley de Leibniz (identidad de los indiscernibles). Esta ley se aplica a una variedad de principios filosóficos y se constituye en estas tres declaraciones:
⃞  Si dos objetos a y b comparten todas sus propiedades, entonces a y b son idénticos, en referencia, son el mismo objeto.
⃞  Si dos objetos a y b comparten todas sus propiedades cualitativas, entonces a y b son idénticos.
⃞  Si dos objetos a y b comparten todas sus propiedades cualitativas no relacionales, entonces a y b son idénticos.

Intuitivamente, una propiedad cualitativa es una propiedad intrínseca a los objetos, que puede ser instanciada por más de un objeto y que no involucra una relación con ningún otro objeto particular. Por ejemplo, la propiedad de ser blanco.

Sin embargo, no toda propiedad cualitativa es no relacional, porque algunas propiedades relacionales no implican una relación con un objeto particular. Por ejemplo, la propiedad de estar sobre una mesa cualquiera.

El primero de estos principios es trivialmente verdadero y necesario. Dado el principio de identidad, se sabe que el objeto b tiene la propiedad de ser idéntico a sí mismo, es decir a b. Luego, si suponemos que a y b comparten todas sus propiedades, entonces a también tendrá la propiedad de ser idéntico a b, que es lo que se quería demostrar.
El segundo y el tercer principio ya son menos triviales, y existe un debate sobre si son necesariamente verdaderos.

Usualmente se restringe el alcance del principio de identidad de los indiscernibles a los objetos concretos. A medida que avancemos en la construcción de este tema, en las próximas notas, iremos desaznándonos acerca de todos los aspectos que hacen a la construcción de la misma.

La identidad como camino para construir las diferencias
todos necesitamos ser identificados, para diferenciarnos de los demás. Toda nueva identidad supone la aparición de una nueva persona u organización. La identidad entonces es un conjunto de rasgos que luego se transformarán en atributos asumidos como propios.

En nuestro interior, es donde se encuentra una convivencia óptima de esos atributos. Y desde allí se conjugan con nuestra espiritualidad, con el otro, con las circunstancias y con las cosas.

Cuando en lugar de partir de nuestro interior, enfocamos nuestra identidad en el exterior (lo que suponemos que se espera de nosotros), en lugar de construir nuestro carácter, empezamos a diseñar una personalidad que nos deja a merced de que se nos niegue o retacee el afecto, la felicidad, la seguridad… y es así como perdemos el eje, nos aislamos, nos desconectamos, aparece la angustia y experimentamos la soledad.

Esta nota forma parte de una serie de artículos ofrecidos en la Carrera de Coaching & Mentoring de Ser.Red: del Dr Fabián Sorrentino.
Muy pronto seguiremos publicando artículos sobre el tema relacionados a esta inntroducción que servirá como guía disparadora de cada uno de ellos.

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