Entre 1918 y 1929, la Argentina experimentó una profunda renovación cultural, política y social impulsada por una nueva cohorte de jóvenes intelectuales, estudiantes y artistas que transformaron la identidad del país antes del colapso institucional y económico de 1930.
Hacia una relectura situada, del Río de la Plata para el Río de la Plata
Antes de arrancar: de dónde sale esto de hablar en «generaciones»
Che, aclaremos el punto de partida, porque si no arrancamos engañados.
Cuando alguien divide la historia en «generaciones» con nombre y apellido —Baby Boomers, Generación X, Millennials… — no está describiendo una ley natural. Está usando una herramienta que nació en la sociología europea y que después se empaquetó, se marketineó y se exportó al mundo entero desde Estados Unidos.
El primero en darle estatuto teórico serio al asunto fue el húngaro-alemán Karl Mannheim, en un ensayo de 1928 que todavía se estudia en las facultades de sociología: para él, una generación no es simplemente «gente que nació el mismo año», sino un grupo que comparte una posición en la historia y que, frente a los mismos hechos, puede construir sentidos muy distintos. Casi al mismo tiempo, del otro lado del Atlántico y sin conocerse entre sí, José Ortega y Gasset —que que visitó tres veces 1916 / 1928 y 1939 fue una influencia descomunal sobre la intelectualidad argentina, con visitas a Buenos Aires en 1916, 1928 y 1939— hablaba de la generación como una «sensibilidad vital» compartida por quienes atraviesan la misma etapa de la vida en el mismo momento histórico.

Lo que hoy conocemos como «Generación Perdida», «Generación Silenciosa» o «Baby Boomers» es harina de otro costal: es la versión comercial de esa idea, popularizada recién en 1991 por los estadounidenses William Strauss y Neil Howe en su libro Generations, pensado exclusivamente para explicar ciclos de la historia de los Estados Unidos. Esa es la matriz que después migró a consultoras de recursos humanos, a coachs generacionales y, en nuestro caso, a los artículos que ponen etiqueta de «Argentos» a distintos tramos etarios argentinos.
¿El problema? Ese molde fue diseñado a la medida de la experiencia norteamericana: sus guerras, su Depresión, su baby boom de posguerra. Aplicarlo calcado a la Argentina —como si «1918-1929» fuera acá lo mismo que allá— sería un error de traducción cultural.
Lo que sigue no es una traducción literal, sino una adaptación: tomamos el armazón conceptual (una cohorte que atraviesa su juventud en una misma ventana histórica, con hitos fundacionales, una estética propia y un cierre traumático compartido) y lo llenamos con los hitos, los nombres y el paisaje sonoro que le corresponden a la Argentina.
Y hay una coincidencia interesante que hace que el ejercicio valga la pena: en Estados Unidos, a la cohorte nacida entre 1883 y 1900 —la que llega a la adultez durante la Primera Guerra Mundial y protagoniza los «felices años veinte»— se la conoce como la Lost Generation, la Generación Perdida. Fue Gertrude Stein quien le puso ese nombre, retomado después por Ernest Hemingway como epígrafe de una de sus novelas. Son los tiempos de Fitzgerald, de la Ley Seca, del jazz, de los expatriados americanos en París.
Y esa generación, igual que la nuestra, ve cómo su fiesta se corta en seco con el Crack de Wall Street de 1929. La ventana etaria y el cierre traumático coinciden casi calendario en mano con lo que en la Argentina vivieron los protagonistas de la Reforma Universitaria y de las vanguardias porteñas. No hubo trincheras propias —la Argentina no combatió en la Gran Guerra— pero sí hubo un equivalente funcional de esa sacudida fundacional: el Grito de Córdoba.
Esa es la traducción de fondo que proponemos: donde el molde estadounidense pone la Primera Guerra Mundial, la Argentina pone la Reforma Universitaria de 1918; donde el molde pone el Jazz Age de Nueva York, nosotros ponemos Florida y Boedo; y donde ambos coinciden, sin traducción posible, es en el Crack del 29, que fue un mismo cimbronazo global sentido con acento porteño y con acento neoyorquino a la vez.
Dicho esto, vayamos a los hechos.
1. El país que encontraron: la Argentina que salía del Centenario
Los protagonistas de esta historia nacieron, en su mayoría, entre 1895 y 1908: son pibes y pibas criados a la sombra de los festejos del Centenario de 1910, con una Buenos Aires que crecía a un ritmo que hoy nos resultaría vertiginoso. La ciudad se llenaba de inmigrantes —italianos, españoles, del este de Europa, sirio-libaneses— que desembarcaban con la promesa de «hacerse la América» y terminaban amontonados en los conventillos de La Boca, San Telmo o Barracas. El tranvía, el subte (inaugurado en 1913, el primero de América Latina y del hemisferio sur) y los primeros edificios en altura empezaban a dibujar una metrópolis cosmopolita que se sentía, con toda intención, una capital a la altura de París o Londres.
Esa juventud no se reconocía ni en los salones de la vieja oligarquía conservadora ni en la modorra de una universidad pensada para reproducir notarios, curas y abogados de apellido patricio. Eran, muchos de ellos, hijos o nietos de inmigrantes que habían ascendido gracias a la escuela pública sarmientina y que ahora golpeaban la puerta de la universidad exigiendo entrar como sujetos, no como convidados de piedra. Esa tensión —entre una Argentina agroexportadora y patricia que se resistía a soltar el mando, y una clase media nueva, alfabetizada y ambiciosa que empujaba desde abajo— es el combustible de todo lo que viene después.
El auge arquitectónico de los años 20 en Argentina
Esta generación marcó una transformación profunda del paisaje urbano, especialmente en Buenos Aires. La prosperidad económica impulsó la llegada del Art Déco, el neoclasicismo monumental y las primeras influencias del racionalismo europeo. Se construyeron edificios emblemáticos como el Kavanagh, el Palacio Barolo y numerosas galerías y teatros sobre Corrientes y el centro porteño. Fue una década donde la arquitectura combinó modernidad, simbolismo y ambición, reflejando un país que se veía a sí mismo como potencia emergente y buscaba dejar huella estética y cultural en cada esquina de su capital.

2. El Grito de Córdoba: la Reforma que fundó una tradición política
En junio de 1918, en la conservadora y clerical Universidad Nacional de Córdoba, un grupo de estudiantes le puso fecha de vencimiento al viejo régimen académico colonial. No era solo un reclamo de «mejor enseñanza»: era una rebelión generacional en toda regla contra un sistema que elegía a sus autoridades a dedo, que vetaba cualquier corriente de pensamiento incómoda y que trataba al estudiantado como menor de edad perpetuo.
El Manifiesto Liminar, redactado por Deodoro Roca, es el documento fundacional de ese estallido: reclama la libertad de cátedra, la autonomía de las casas de estudio respecto del poder eclesiástico y estatal, y el cogobierno —es decir, que estudiantes, graduados y profesores compartieran el manejo de la universidad—. El presidente Hipólito Yrigoyen, recién llegado al poder gracias a la Ley Sáenz Peña de 1912 (la que instauró el voto secreto, universal y obligatorio para los varones), intervino las universidades y respaldó a los reformistas, dándole al radicalismo un aliado natural: la nueva clase media urbana que por fin veía una vía de ascenso a través del título universitario.
Lo que arrancó en Córdoba no se quedó en Córdoba. El ideario reformista cruzó fronteras y se convirtió en la matriz de casi todos los movimientos estudiantiles latinoamericanos del siglo XX, de Perú a Cuba. Fue, en criollo, el primer gran «meme» político argentino de exportación.
3. Yrigoyen, la nueva clase media y el envés oscuro de la fiesta
La «década del veinte» tuvo el pulso del primer yrigoyenismo: un radicalismo que abrió la administración pública, la docencia y las profesiones liberales a los hijos de tanos y gallegos que veinte años antes bajaban de un barco con una valija de cartón. La movilidad social ascendente, real y palpable, es una de las marcas de agua de esta cohorte.
Pero conviene no idealizar la postal. En enero de 1919, apenas siete meses después del Grito de Córdoba, Buenos Aires vivió la Semana Trágica: una huelga metalúrgica en los talleres Vasena derivó en una represión brutal por parte de policía, ejército y bandas parapoliciales de la Liga Patriótica Argentina, con el condimento adicional de una cacería antisemita contra la colectividad judía del barrio de Once, alimentada por el pánico anticomunista que había desatado la Revolución Rusa dos años antes. Cientos de muertos, en su inmensa mayoría trabajadores. Los mismos jóvenes intelectuales que celebraban la apertura reformista no podían mirar para otro lado frente a esa violencia de Estado: ahí conviven, en la misma cohorte y en la misma década, el optimismo modernizador y su reverso más sangriento.
Esta generación creyó firmemente que la educación, el arte y la política podían refundar el destino argentino bajo el signo de la libertad y la modernidad. Si bien el shock externo de 1929 y la intolerancia política truncaron sus proyectos más ambiciosos, el legado estético de sus vanguardias y la conquista de la universidad pública y autónoma siguen definiendo los contornos esenciales de la cultura y la sociedad de la República Argentina hasta el día de hoy. [1, 2]

4. Florida y Boedo: nuestra propia Generación Perdida, con acento porteño
Si en Nueva York y en el París de los expatriados el desencanto de posguerra se procesaba en los bares clandestinos de la Ley Seca y en las novelas de Hemingway y Fitzgerald, en Buenos Aires ese mismo desencanto —sumado a la vertiginosa modernización de la ciudad— se procesó en una pelea de café que todavía hoy da que hablar: Florida contra Boedo.
El Grupo Florida se juntaba en la confitería Richmond, sobre la calle que le da nombre, y tenía en la revista Martín Fierro su trinchera. Cosmopolitas, devotos de las vanguardias europeas y del ultraísmo, jugaban con el lenguaje como quien juega al truco: buscaban la metáfora nueva, el verso que rompiera con la métrica de siempre. Ahí estaban un jovencísimo Jorge Luis Borges recién vuelto de España, Oliverio Girondo, Norah Lange, Leopoldo Marechal, Ricardo Güiraldes, y en las artes plásticas Xul Solar y Emilio Pettoruti.
El Grupo Boedo, en las antípodas geográficas y estéticas, se reunía en el café El Japonés y giraba en torno a la Editorial Claridad, en pleno barrio obrero. Su apuesta era otra: realismo social, temática proletaria, compromiso político de izquierda y libros baratos para llegar a un público masivo, no a una élite lectora. Elías Castelnuovo, Leónidas Barletta, Roberto Mariani y, sobre todos ellos, Roberto Arlt —cronista despiadado y genial de los márgenes de esa modernidad porteña— son sus nombres propios.
La historiografía después discutió si esa antinomia era tan real como se la pintó, o si en realidad era una grieta más de café que de convicciones irreconciliables: hubo quien, como Raúl González Tuñón, circuló con total naturalidad por los dos bandos. Lo que no está en discusión es que ambos grupos, con recetas opuestas, perseguían lo mismo que Hemingway y sus compañeros de generación en Estados Unidos: romper con el pasado, inventar una lengua nueva para nombrar un mundo que ya no se parecía en nada al de sus padres.
5. 1929: el año en que la fiesta se cortó de los dos lados del Ecuador
Hacia el final de la década, la prosperidad empezaba a hacer agua. La Argentina dependía como pocas economías del mundo de sus exportaciones de carnes y granos y del ingreso constante de capitales extranjeros, sobre todo británicos. Cuando en octubre de 1929 se derrumbó la Bolsa de Nueva York, los precios internacionales de los productos agropecuarios se fueron al fondo del río, y con ellos la recaudación del Estado argentino, que dependía en gran medida del comercio exterior.
La crisis económica fue el detonante —no la única causa, pero sí el gatillo— del golpe de Estado de septiembre de 1930 contra un ya debilitado Hipólito Yrigoyen, encabezado por el general José Félix Uriburu. Se cerraba así, de un plumazo militar, el ciclo democrático que esta generación había defendido con uñas y dientes desde 1918, y se abría la etapa que la propia historia bautizó, sin ironía, como la «Década Infame».
El paralelo con Estados Unidos es casi cinematográfico: el mismo crack bursátil que hunde a la Argentina de Yrigoyen es el que le pone punto final al Jazz Age de Fitzgerald y a los «felices veinte» neoyorquinos. Dos generaciones, dos continentes, un mismo día de octubre que las parte al medio. Ahí es donde el molde importado y la experiencia local dejan de necesitar traducción: coinciden en el calendario, aunque no en las consecuencias políticas de cada país.
6. Lo que quedó: el legado de «los del 18»
Esta generación creyó, con una fe casi religiosa, que la educación, el arte y la política podían refundar el destino argentino bajo el signo de la libertad y la modernidad. El shock externo del 29 y la intolerancia política de la década siguiente truncaron buena parte de sus proyectos más ambiciosos. Pero dos herencias sobrevivieron hasta hoy con una fuerza notable: la universidad pública, gratuita, autónoma y cogobernada que salió de Córdoba en 1918 sigue siendo, con matices, el modelo vigente en la mayoría de las universidades nacionales argentinas; y el repertorio estético de Florida y Boedo —de Borges a Arlt— sigue siendo el ADN de buena parte de la literatura argentina del siglo XX.
7. Tabla-síntesis: cinco miradas sobre una misma cohorte

8. Para cerrar: el límite de pensar en generaciones
Vale la pena terminar con la misma cautela con la que arrancamos. Pensar en «generaciones» es útil como brújula, no como mapa exacto: ayuda a ordenar un período, a encontrarle un hilo narrativo a hechos dispersos, pero corre el riesgo de borrar todo lo que no encaja prolijo en la etiqueta —los trabajadores de la Semana Trágica que no escribían en Martín Fierro ni en Claridad, las mujeres que participaron de la Reforma y de las vanguardias sin tener casi nunca un lugar en la foto oficial, las provincias que vivieron ese mismo período muy lejos del eje Córdoba-Buenos Aires. Usar el molde generacional como herramienta de lectura está bien; confundirlo con un destino compartido e inevitable para todo un país ya es otra cosa.
Un desarrollo del Dr. Fabián Sorrentino para la Expo: Muy Argento!
Fuentes y lecturas sugeridas
- Wikipedia — Reforma Universitaria de 1918
- El Historiador — La Reforma Universitaria del 21 de junio de 1918
- Wikipedia — Grupo de Boedo
- MALBA — La renovación estética en la década de 1920
- Wikipedia — Gran Depresión en Argentina
- Wikipedia (EN) — Lost Generation / Interbellum Generation
- Karl Mannheim, El problema de las generaciones (1928), Revista Española de Investigaciones Sociológicas
- Strauss, W. & Howe, N., Generations: The History of America’s Future (1991)









