Conocido popularmente como «pingüinito de vino», la jarra pingüino ha sido parte integrante de la vida de los argentinos durante mucho tiempo. En los mapas de las mesas de los bares o en los islotes caseros de las casas particulares, el pingüi se ubicaba estratégicamente en el centro de la acción comedera, del lado derecho del sifón de vidrio, y por delante de la panera.
La historia ha sido muy mezquina con este inmaculado receptáculo, como toda historia construida por los escribas del poder, y ha ignorado su origen cuasi anónimo. Hasta ha sostenido que su origen no radicaba por estas latitudes, siendo un simple rebote cultural europeo. Pero el pingüino de vino es tan de acá, argento, como Borges o Fontanarrosa, porque, como ellos, nació de una falta, de una carencia, de una ausencia.  El primero, sin mendigar un Nobel, transformó lo qu faltaba en poesía salvaje y prosa cuántica futurista, mientras que el segundo, transformó las ausencias del idioma monárquico en actos revolucionarios de la lengua costumbrista e india.
Y como no sería así, en tierra de valientes, con el vino, con ese lubricante de la poesía borgeana y del fontanarrosismo atroz. Porque que nadie se confunda, el vino necesita un cuenco para ser servido, que primero lo contenga, le de, por sobre todo, identidad y solo después se ofrezca generoso. Porque el vino no es cualquier líquido. Y no estoy hablando de alusiones bíblicas solamente.
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¿De donde nació esta figura?

Porque el pingüino nació de una falta, de una carencia, de una ausencia, como le pasó a los dueños de la palabra. Y si hablamos de palabras, porque no recordar una frase que viene como anillo al dedo, como diría Inodoro Pereyra a Mendieta. Esa ausencia se transformó en urgencia que hizo de nuestro ser nacional el más creativo, cuando las papas ya quemaban. Esa famosa frase tan argenta de lo atamos con alambre surca de lado a lado la historia de este recipiente mágico, único, irrepetible que hoy nos reúne.
Porque el vino venía suelto desde la zona cuyana, cosa que sorprendería al mismísimo Pereyra, quien inmediatamente se preguntaría por qué lo habrían dejado suelto. De Mendoza, la provincia considerada el corazón del vino argentino, venían las bordalesas, que no eran otra cosa que grandes toneles de roble de 225 litros, cargadas en vagones de tren que partían desde Palmira, Maipú o Godoy Cruz. Porque el transporte de vinos en carretas no alcanzaba a saciar la demanda central, fue  reemplazado por el entonces nuevo Ferrocarril Buenos Aires  al Pacifico (BAP). Y si, Inodoro, el vino llegaba suelto, más que suelto, llegaba perdido, sin amigos, sin conocer a nadie, a las mesas de los grandes centros de consumo como Buenos Aires, Rosario y Córdoba. Pero al vino, en su tristeza marcada por el desarraigo, le faltaba contención.
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En busca de su Identidad

Buscando ese algo que lo contuviera cambiaría su identidad, porque luego, con el pingüino, el vino tendría un hogar. De estar suelto, perdido, sería ahora el famoso «vino de la casa», denominación bien casera de las cartas de los comederos populares y bodegones. Pero no nos adelantemos tan rápido a esta historia de amor, donde lo de afuera es tan importante como lo de adentro. Cuerpo y alma. Porque el vino llegaba al pueblo, tanto a los bares como a los hogares, en gordas damajuanas de cinco litros, que después pasaban a jarras circunstanciales sin identidad. Porque antes de la botella de vidrio verde de 750 ml, este fermento de la uva se adecuaba a cualquier lugar para descansar, como cualquier migrante ilegal.
El pingüino nació donde debía nacer y fue en una pequeña fábrica de cerámica, la Sineco, de la ciudad de Tigre, en la provincia de Buenos Aires, de la mano de un joven artesano, anónimo hoy. Roly era su diminutivo, de un Rolando más invisible, sin apellido de madre ni de padre. Pero quién crea que cualquier receptáculo de cerámica y esmaltado blanco podrá funcionar igual que el picudo pingüino argento evidentemente nunca habrá tomado vino de verdad. Porque lo que diseñó este artesano se parecía más a una escultura, algo así como El David de Miguel Ángel.
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¿Cómo surgió la idea?

Su idea antropomórfica partió del momento mágico que él tuvo la primera vez que salió a comer con su papá a la parrilla de la ruta nacional 195, la ex ruta, en el km 91, cerca del puente ferroviario del FFCC Belgrano Norte. Puente famoso si lo hay. Allí se libró la «Primer combate de la avenida General Paz», contra los extraterrestres que invadieron nuestra ciudad tras la mortal nevada. Gracias Oesterheld.
En esa parrilla, un mozo bastante gordo trataba de amaestrar su chaleco negro, que no alcanzaba a cubrir toda su barriga. Por debajo se peleaba su camisa blanca con su delantal de color negro, pero no fanático. Para empeorar aún más su faena, o paso de comedia costumbrista, este personaje se llevaba constantemente las manos atrás, tratando de alcanzar las palmas a tocarse, cada vez que se acercaba a la mesa. Al joven le llamó la atención lo que decía el mozo cada vez que se acercaba, pero también la ubicación de las manos suspendidas a casi diez centímetros una de la otra. «Cómo estuvo todo», repetía sin cesar, buscando la ansiada propina del final.

Esta figura, el pingüino en cuestión, estilizada, regordeta como el mozo del relato, no era solo algo estético. Adentro, como catedral gótica, sus pasadizos secretos logran evitar el derrame a la hora de tumbarse sobre el vaso sediento. Su orificio de salida, como ventana en la torre, alcanza a suavizar el chorro salvaje que un beodo consecuente puede pretender. Y sus vueltas internas alrededor de los intestinos imaginarios de esa gran panza propone un microclima duradero para el vino hasta en su última gota. Chin chin.
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Por Norbi Baruch. Seguir en: visualmente.blogspot.com