El siglo XXI reveló una verdad incómoda: el poder ya no se ejerce desde un trono, sino desde un panel de control.
Los CEOS‑Estado ya no administran un país, administran un sistema. Y en ese sistema, el ciudadano dejó de ser sujeto político para convertirse en un dato optimizable.
La vieja burocracia —torpe, lenta, a la vez que humana— fue demolida sin nostalgia. En su lugar quedó una arquitectura impecable, sin fricción, sin preguntas, sin memoria.
La democracia fue declarada disfuncional. “La libertad necesita orden”, gritaron, mientras reducían el orden a obediencia y la libertad a una interfaz amable.
La paradoja es brutal: cuanto más eficiente se volvió el sistema, más innecesario se volvió el pensamiento crítico.
Y ni siquiera se necesitó oprimir; tampoco se prohibió disentir; todo se volvió irrelevante.
En esta distopía pulida, el verdadero peligro no es la vigilancia, sino la comodidad. Porque cuando todo está diseñado para que no tengas que elegir, la renuncia deja de sentirse como pérdida.
Entonces aparece una pregunta que está costando formularnos: ¿qué queda de un ser humano cuando su autonomía se vuelve un estorbo?
Despertemos: el control perfecto no necesita violencia, solo nuestra pereza para cuestionar. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a seguir funcionando sin preguntarnos quién escribe el código?







