Todos alguna vez, nos hemos sentido solos en algún momento de nuestra vida, ya sea que estés físicamente solo o entre una multitud, hemos sentido la incertidumbre de ese próximo paso a dar.

Soy Irma Nogales y esta es mi historia.

En un rincón de la ciudad, donde las calles se entrelazan como hilos de un tapiz antiguo, crecí rodeada de sueños y esperanzas, a la vez que rodeada de una soledad, que con ternura, iba cubriéndome de compañía. Recuerdo a mis hermanos jugando, a veces llorando, recuerdo a mi abuela y sus bellas historias, todo eso me permitió encontrar belleza en los detalles más pequeños y aprendí a amarlos. Ella contaba historias extraordinarias de seres invisibles, de energías existentes y yo quedaba maravillada. Recuerdo un libro que contaba historias de aves migratorias que cruzaban amplios cielos en busca de nuevos horizontes. Recuerdo a mis padres absortos en su mundo de preocupaciones y deberes.

Con el tiempo, mis alas crecieron. Me sumergí en la danza de la percepción, de la sensibilidad, de la generosidad, de la gratitud, pero también de la tristeza, de esa sensación de sentir que no encajo. La pintura y los colores también fueron una forma de expresarme, sin embargo era algo que guardaba para mi. Pero, como les pasa a las aves, llegó el momento de alzar el vuelo. A la edad de 11 años, tomé la elección de ir a estudiar lejos de mi familia y fue una experiencia que marcó mi vida.

Más adelante construí mi propio nido con las ramas rotas de mis sueños y las hojas secas de mis esperanzas. No fue un nido perfecto, pero era mío,  construido con hilos de sacrificio y amor, envuelta en mi soledad; ese nido me enseñó la belleza de la lucha y la dulzura de la maternidad. En su interior, cuidé y eduqué a mis hijos, enfrentando la vida con valentía y determinación.

La soledad se convirtió en mi compañera silenciosa. A veces, me envolvía como una manta en las noches frías y solitarias.  Encontré mi fortaleza en la soledad. Mi valentía creció como un brote en primavera, y mi coraje se volvió mi escudo contra las tormentas. La armadura se hizo inevitable.

Sin embargo, algo se perdió en el camino. Me desligué de mí misma, como si fuera un vestido que ya no me quedaba bien. Me dejé para después, relegando mis propios anhelos y deseos. Mis hijos se convirtieron en mi prioridad, en mis amores, en mi fuerza, en mis ganas de vivir, en mi todo.

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Ellos crecieron y levantaron vuelo, como pequeñas aves que se aventuran más allá del nido. Sus risas y abrazos, sus preguntas curiosas y sus sueños, se convirtieron en mis grandes maestros. En su ternura y amor, encontré un bálsamo para el sentimiento de nido vacío que alguna vez me atormentó.

Observarlos mientras exploraban el mundo me inspiró. Sus ojos brillantes reflejaban la maravilla de lo desconocido, y sus risas se fueron transformando en melodías que llenaban mi corazón. Aprendí de ellos la valentía de enfrentar lo nuevo, la paciencia de esperar el momento adecuado para alzar el vuelo y la gratitud por cada pequeña victoria.

En sus risueños desafíos, encontré el coraje para iniciar mi propio viaje de autodescubrimiento. ¿Quién soy más allá de ser madre? ¿Qué sueños y anhelos existen en las profundidades de mi ser? La soledad ya no me asusta; se ha transformado en un espacio sagrado para explorar mis propios límites.

Así, con las alas aún temblorosas pero llenas de determinación, me alejo del nido que construí con amor y sacrificio. No sé qué horizontes me esperan ni qué secretos aguardan en los rincones del mundo. Pero tengo la certeza de que mis hijos, mis pequeños grandes maestros, seguirán guiándome desde las alturas.

Esta es mi historia, tejida con hilos de gratitud y esperanza. El vuelo compartido con mis hijos es mi mayor regalo. Mi metamorfosis de conciencia y soledad.

Ahora te invito a que juntos exploremos en este libro los cielos y los abismos en busca de respuestas y significados.

Una producción de Irma Nogales y el Dr Fabián Sorrentino para el desafío del entrenamiento de Sonria.University: «Escribir un libro en equipo en una semana».
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