Un cuento para la muestra «Muy Argento»

Dicen que hace mucho tiempo, cuando Villa Celina todavía era apenas un puñado de calles de tierra, existía un árbol diferente a todos.

No daba manzanas, ni flores y ni siquiera daba sombra.

Daba sombreros.

Cada primavera aparecían cientos de sombreros colgando de sus ramas.

Había ponchos criollos, sombreros bolivianos, chullos andinos, boinas italianas, sombreros paraguayos, pañuelos coreanos, gorros judíos, sombreros españoles… y muchos otros que nadie sabía ni de dónde habían llegado.

Los chicos del barrio pasaban todos los días para elegir uno.

Pero ocurría algo extraño. El sombrero nunca les quedaba.

Al que elegía uno enorme, le tapaba los ojos. Al que elegía uno pequeño, le apretaba la cabeza… y otros simplemente se caían.

Hasta que un anciano, que siempre se sentaba bajo el árbol, les dijo:

—Los sombreros no son disfraces. Son historias.

Los chicos no entendieron.

Entonces el viejo tomó una boina gastada.

—Esta cruzó el océano en un barco.

Tomó un sombrero de paja.

—Éste trabajó bajo el sol para que una familia pudiera comer.

Levantó un gorro tejido.

—Éste sobrevivió al frío de una montaña.

Tomó un viejo sombrero de gaucho.

—Y éste aprendió que una tierra no pertenece a quien llega primero, sino también a quien decide cuidarla.

Los chicos comenzaron a mirar distinto.

Ya no veían sombreros. Veían personas.

Cada uno había pertenecido a alguien que dejó su casa, aprendió nuevas palabras, lloró de nostalgia, trabajó con sus manos y soñó con un futuro mejor para sus hijos.

Entonces una niña preguntó:

—¿Y cuál es el sombrero argentino?

El anciano sonrió.

—No existe.

Los chicos se miraron sorprendidos.

—¿Cómo que no?

—Porque ser argentino no es ponerse un sombrero.

Es aprender a respetar todos los que crecieron en este árbol.

Hubo un largo silencio.

Hasta que un chico dejó su gorra en una rama. Después otro dejó su vincha. Otro colgó una bufanda. Una chica agregó un pañuelo.

En pocos minutos el árbol comenzó a llenarse nuevamente.

Pero esta vez no eran sombreros viejos. Eran los de ellos.

Entonces comprendieron algo que jamás olvidarían.

Ellos también estaban escribiendo la historia.

No eran solamente hijos de inmigrantes. Ni nietos. Ni vecinos.

Eran una nueva rama del mismo árbol.

Y entendieron así que la verdadera herencia no era el sombrero que recibían.

sino la que algún día dejarían para los que todavía no habían nacido.

Porque un país no se construye cuando todos le quitan o la piensan igual. Sino cuando personas distintas aprenden a cuidar el mismo árbol.

Y desde aquel día, cada vez que un chico pasa por Villa Celina y siente que no encaja en ningún lado, alguien le cuenta en voz baja el secreto del árbol:

—No viniste a encontrar tu sombrero. Sino a descubrir qué historia vas a dejar colgada entre sus ramas.

Por Fabián Sorrentino, para la Expo: Muy Argento. Ver Video del Cuento Original.